PAYASA

PAYASA

Por:  Daniel Cardona

 

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Sus nada originales cuentos de vampiros siempre me hicieron pensar que no era más que una payasa. Decía con desdén que no soportaba la cara de solemnidad fingida por sus colegas cada vez que clavaban sus colmillos en el cuello del primer incauto que se les atravesaba.

- Pura pose - me decía al calor de unas cervezas - ¿acaso tu rostro se torna ceremonioso mientras se lo metes a tu noviecita?

No le presté atención a su pregunta. Estaba demasiado concentrado en sus enormes tetas. Ya me estaba cansando de esas historias transilvanescas pero jamás me cansé de mirarle las tetas. O tal vez sí, un día me cansé de observarlas y dí el siguiente paso. Con algo de brusquedad se las agarré sin encontrar resistencia. Me dejó succionar su pezón y yo a su vez dejé que me enterrara sus dientes en el pescuezo. Mientras lo hacía no paraba de reirse. Nunca se tomó nada en serio. Ni siquiera mi sangre.

PARADA NÚMERO SIETE

PARADA NÚMERO SIETE

Por:  Daniel Cardona

 

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Aprender a perderse en una ciudad no es solamente una ciencia, es también todo un placer. Tu olfato es el único guía, tu instinto es tu mejor arma.
Cuando eres un extraño el sentido de la aventura cobra un singular significado. Arribar por casualidad a un parque desolado se convierte automáticamente en un gran descubrimiento. Sentarse en una de sus bancas es equivalente a tomar posesión de aquel desconocido dominio. Mirar hacia arriba y sentir el cielo demasiado cerca te imprime aires de grandeza y te anima a conquistar nuevos territorios.

Tomas al azar un autobús y te dejas llevar, premeditas bajarte en la sexta parada pero instantanamente cambias de parecer. Desciendes de la carabela en la número siete. Siempre te ha gustado ese número.

El autobús se aleja dejándote acompañado de tu abrigo de castor blanco y de una melodía placentera. Gaitas rabiosas escoltadas por un palmoteo incesante y un coro grueso pero alegre te invitan a presentarte. Te acercas. La puerta está abierta y te asomas sin ningún tipo de verguenza. Observas ese estúpido cortejo en el que todos gozan y bailan arritmicamente. Uno de ellos te detecta, desde lo lejos te estira un enorme vaso de cerveza en señal de invitación.
Te acomodas el albo abrigo, te das media vuelta y prosigues tu camino.
El hombre de la barba espesa se carcajea antes de vaciar su vaso de un solo trago.

FELIZ NAVIDAD

FELIZ NAVIDAD

 

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COEUR DE BOIS

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 A continuación mi primer cuento escrito en francés.

COEUR DE BOIS

Pour Daniel Cardona Ochoa

 

Le détective examine la scène du crime. Une putride odeur le conduit vers le salon. Là, un vieil homme gît sur le tapis. Il ressemble beaucoup à Gepetto - pense le détective - sauf pour les orbites vides situés où devraient être placés ses yeux.  L'homme, qui a l'air de Sherlock Holmes, poursuit l'inspection du corps.  Une chose particulière lui donne la clef du mystère, plusieurs plumes noires à l'intérieur des poigns serrés de la victime.  L'histoire se répète, il se rappelle que Gepetto a donné vie à une marionnette en bois; après, Pinocchio lui a donné un violent coup de pied en plein sur le nez. Le détective marche alors vers une petite cage ouverte.
En face de la prison de l'oiseau noir, il dit à haute voix: "Les corbeaux ont aussi un coeur de bois".

NIVEL 256

NIVEL 256

 

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Por: Daniel Cardona Ochoa

 

La gran pantalla instalada en la estación Universidad no es más que un enorme desperdicio de espacio. No hay mucha información: el icono de una nube rota indica que mañana habrá tormenta de nieve, grandes letras azules recuerdan que hoy se celebra un nuevo aniversario de la muerte de la actriz norteamericana Jean Seberg y un cronómetro señala que el metro estará aquí exactamente dentro de siete minutos.

Siete minutos.

Sigo observando la pantalla a pesar de que los frescos y dolorosos recuerdos no me permiten procesar la información. Quiero quitármelos de encima, son una suerte de hormigas hostiles que se pasean por mi cabeza. Percibo la recelosa mirada que me propinan el par de pelagatos que me acompañan. Somos tres personas esperando el metro en la estación mas grande de la ciudad. No es más que un enorme desperdicio de espacio. Sé lo que están pensando. La palabra autoeliminación se dibuja sobre sus rostros. Han detectado a este sujeto que mira con furia una pantalla y se dicen: “otro más para las estadísticas”. El hecho de que uno que otro desquiciado decidiera lanzase a la vía para acabar con su existencia rompía la monotonía de esta aburrida metrópoli. Lo fastidioso es que se ha vuelto costumbre. Ya van catorce en lo corrido del mes.
Esta ciudad se ha convertido en un juego de Pacman. La diferencia es que aquí la víctima no huye del depredador, por el contrario, sale a su encuentro. El anuncio “suspendido el servicio en la línea verde entre las estaciones Villa María y Universidad” se ha constituido en todo un hit.
Par de idiotas, están muy equivocados. Acepto que ahora me siento igual que el corcho de una botella. El túnel es mas pequeño que yo pero no tengo la más mínima intención de dejarme embestir por un monstruo de doscientas toneladas. No le quito la vista a la pantalla.

Seis minutos.

Si te lanzas a la vía del metro puedes morir de dos maneras diferentes. Puedes caer sobre el sector electrificado de los rieles, morirás electrocutado. De lo contrario, el tren te embestirá.
La forma en la que caigas también es importante. Si caes de pie o de rodillas, el convoy te impactará en la cabeza o en el abdomen. Si quedas atravesado sobre los rieles, las llantas te arrollarán.
Si te lanzas a la vía del metro puedes morir de dos manera diferentes. También puedes salvarte. Sobrevivir sería una desgracia. Un hombre sin un dedo es medio hombre. Pasar el resto de tu vida con una pierna amputada no es el objetivo. Mirarse al espejo y entrar al infierno, tampoco.

Cinco minutos.

Par de idiotas, están muy equivocados. Acepto que estoy viviendo una pesadilla pero en todo caso prefiero esto a no tener sueños. Maldita. Tal vez no estén tan equivocados. Me visualizo destrozado en esa oscura fosa por donde transitan los vagones. No se ve tan mal, al final mi cuerpo terminará siendo un bolsillo al revés, vacío pero sin sufrimiento.

Cuatro minutos.

Cuando el conductor detecta a alguien sobre la vía ya es demasiado tarde. Puede activar la palanca de emergencia e inhabilitar la corriente eléctrica pero esto no pasará de ser una mera anécdota.
Comenzará el procedimiento.
Los altavoces van a emitir el hit. “Suspendido el servicio en la línea verde entre las estaciones Villa María y Universidad”. Vaya que es pegajoso.
El chofer será sacado de la estación para ser atendido por un especialista. Se trata de aliviar el sentimiento de culpa. Todos los convoyes recibirán la orden de detenerse. 
Habrá solicitud de apoyo médico. Puedes morir de dos maneras diferentes. También puedes salvarte.
Tendrá que llamarse a la procuraduría para comenzar las averiguaciones.
Los usuarios de la estación serán desalojados. El suceso generará gran confusión y angustia.
Una unidad especial levantará el cuerpo para guardarlo en una bolsa plástica negra. Los restos serán depositados en la oficina del jefe de la estación, donde un agente del gobierno hará un par de estúpidas preguntas. Con los salarios que ganan estos pendejos no se puede exigir una investigación decente.
Algún desafortunado recibirá la orden de limpiar las vías.
Se reanudará el servicio.

Tres minutos.

La palabra autoeliminación se ha dibujado sobre sus rostros. Par de idiotas, están muy equivocados. Ando bien informado. Mi mente es un vómito de imágenes punzantes pero pienso claro y estoy muy bien informado. Por eso miro hacia la pantalla, porque la posición adecuada para esperar el metro es de espaldas al túnel, mirando hacia la pared y respetando la línea amarilla dibujada en el suelo. ¿Por qué las líneas limítrofes son amarillas? ¿Por qué las bolsas dónde meten los cadáveres son negras? De espaldas al túnel, respetando la línea amarilla, de manera que si te desmayas caerás hacia delante o de lado. Estarás a salvo. Maldita. Tal vez no estén tan equivocados.

Dos minutos.

Maldita.
Tal vez no estén tan equivocados.
No se ve tan mal, al final mi cuerpo terminará siendo un bolsillo al revés, vacío pero sin sufrimiento.

Un minuto.

Siento el bramar del monstruo acercándose a toda velocidad. Ando bien informado así que me doy la vuelta. Camino hacia la línea amarilla. Miro la fosa. Que enorme desperdicio de espacio. El gusano metálico asoma la trompa. Se viene con todo. Me siento igual que el corcho de una botella. Maldita. Percibo la recelosa mirada que me propinan el par de pelagatos que me acompañan. La palabra autoeliminación se dibuja en sus rostros.

Saltan.

Esta ciudad se ha convertido en un juego de Pacman. El agente de seguridad que me saca a empellones de la estación no entiende razones. Hoy llegaré tarde a clase. Nuevamente.

FIN.

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Mi instinto me señala el peligro / Mi estupidez cede a su atracción

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