UN PENDEJO AFORTUNADO

 

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Extracto de mi novela "Sobre la tela de una araña" 

 

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Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

El gordo de la Harley no es un gordo cualquiera.  Es un gordo que tiene el cabello largo, barba frondosa y además tiene una Harley. 

 

Una Harley es el único vehículo que conozco que no pierde su valor.  Puedes comprarte una por 24 mil dólares y dentro de una década puedes venderla por 24 mil dólares. 

 

El gordo de la Harley vive en la zona mas play de Barrio K con una esposa Diez que es la imagen de la más prestigiosa agencia de modelaje del país.  Su teléfono celular es casi tan costoso como su motocicleta y en su agenda de contactos tiene los números de las mujeres mas bellas de la ciudad.  Se ha revolcado con todas ellas y tiene bien claro que lo hacen únicamente por su dinero.  Para él, todas son unas golfas y sólo a una la excluye de esta categoría.  Se trata de Arantxa Tristante, su preferida.  Aunque al final ella también se queda con la plata, está seguro que lo monetario no es el único móvil a la hora del ajetreo.  Esa chica realmente disfruta haciendo lo suyo.  No encuentra falsedad en sus palabras cuando le dice que su gordura la enloquece.  Es bien diferente a las otras huecas que se lo sacuden pensando exclusivamente en la jugosa recompensa. 

 

Arantxa lo disfruta y después del polvo se queda en la cama hablándole de Gus Van Sant y de Kurt Cobain.  Solo aquellas historias logran hacer que se olvide por un momento de su avestruz metálico engulle-kilómetros. 

 

El sueño de todo ser humano es hacerse millonario, enterrar la verga en el laberinto indescifrable de la vedette de turno, comprarse un Ferrari, hacerse a una Harley.

 

La observa mientras le habla, le parece que la roja cabellera es un río de sangre que se desprende de su nevado cuerpo.  Por un momento piensa que sería capaz de mandar a su mujer a los mil demonios pero bien sabe que no puede poner su vida en manos de una chica de hielo, porque las arañas son distintas mientras tejen sus redes pero luego todo es la voracidad de siempre.    El hielo es agua.  La Harley es aceite.  El agua y el aceite no se mezclan.

 

Arantxa le acaricia dulcemente su frondosa barba mientras le recuerda que debajo de esa selva de pelos no hay ningún tipo rudo, que las gafas oscuras, la pañoleta de calaveras y la chaqueta de cuero no logran engañarla, que mejor la monte en su motocicleta y la lleve al Kundera Plaza pues hoy presentan una película que Van Sant ha realizado en homenaje a Cobain. 

 

Nacimos para ser libres, nacimos para ser salvajes.  Nacimos para volar a trescientos kilometros por hora bajo la mas violenta tempestad y morir calcinados por el trueno del metal pesado. 

 

Arantxa no tiene precio pero él le da el doble de lo que le paga a “las otras”, esta chica no sólo lo necesita sino que además se lo merece.  La monta en su caballo de acero y se dispone a devorar carreteras eternas al lado de esta mujer.  El trayecto que va del motel al Kundera Plaza no es muy extenso.  Se destruye la ilusión.  La deja en la entrada del centro comercial y dándole un beso en la frente le promete recogerla una vez se acabe la película para llevarla a su casa. 

 

Arantxa se despide y lo ve alejarse, piensa que si se hubieran visto Elephant mientras hacían el amor probablemente hubiera encontrado un orgasmo.  No todo lo que brilla es cuero.

 

Su Harley es su mejor amiga y como tal merece todo su respeto, montarse en ella es lo mas divertido que se puede hacer con la ropa puesta pero es conciente de que el hecho de irrespetarla podría convertirla en su peor pesadilla. 

 

¿Hasta que punto debe estar dispuesto a hacerse daño un Harlysta para rozar la libertad?

Algunos dirán  que debe llegarse al límite de sus propias habilidades pero no atravesar la barrera.  Sobrepasar el límite equivale a entrar en terreno peligroso, a entrar en la zona de fuego, allí donde no puede pretenderse estar a salvo. 

Otros no dirán nada, para ellos no hay señales de stop ni límites de velocidad, simplemente le sacarán lágrimas al acelerador al entrar en la carretera al infierno.     

 

En las esquinas, los chicos abren la boca cuando ven pasar la cotizada motocicleta a toda velocidad.  Que pendejo tan afortunado es ese maldito gordo”, se dicen mientras el ventarrón producido por el paso feroz del Harlysta los abofetea.

 

Es muy díficil ser libre cuando te compran y te venden en el supermercado.

 

El gordo acelera y trazándose en su mente la imagen de Arantxa desnuda a su costado se dice a sí mismo:  “Que pendejo tan afortunado es este maldito gordo”.

Comentarios

yo kiero una no me podra regalar una


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