VINACURE

VINACURE
“El Señor de los gansos”.

 

 

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Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Cuando tienes una botella de barato tequila circulando por tu sangre corres el riesgo de convertirte en comida para gansos. También te expones a que las lagunas instaladas en tu mente (memento mix) se vayan drenando día tras día y a que tu cara vaya adquiriendo gradualmente forma de V (V de vergüenza, V de Vinacure).

 

- Bueno, ¿qué querés hacer esta noche?

 

Esta fue la pregunta que me hizo Martín mientras caminábamos seguros por el traicionero centro de Medellín,  tan profundos y casuales como siempre.  Me tomé mi tiempo para pensarlo.  Hoy era mi último día en la ciudad y no iba a aceptar una despedida cualquiera.  Toda la semana nos la habíamos pasado brincando como un par de grillos de bar en bar y de cine en cine.  Ahora quería algo nuevo, algo diferente.  Pensé en Vinacure, un bar loco localizado en las afueras de Medellín cuya sui generis propuesta de entretenimiento tiene mas relación con el arte que con la rumba misma. 

 

- Yo quiero ir a Vinacure, no lo conozco y me han dicho que el ambiente es de lo mejor

 

¿Vinacure?  Fue el interrogante que se dibujó sobre el nada entusiasta gesto de mi amigo.  No era difícil leer sus pensamientos, el volumen de su mente estaba demasiado alto.  Con seguridad Martín se estaría sintiendo incómodo al recordar la afeminada reputación de aquel lugar. 

 

- Relájate hombre Zorro, yo voy a ir con Marta y le digo que lleve una amiguita para vos – lo animé adelantándome a su respuesta.

 

- Ah, pues así, sí.  Vamos pa´ Vinacure – aceptó el viejo Martín con un evidente tono de alivio.

 

Entramos a un estanquillo en el antiguo sector de Guayaquil para comprar dos botellas de tequila a mitad de precio (ventajas del contrabando).  El Zorro amagó con sacar algunos billetes de su bolsillo pero yo insistí en invitar.  Una vez salimos del depósito continuamos nuestro camino.   Martín y yo somos unos caminantes excelsos, el hecho de que ninguno de los dos tenga auto no pasa de ser una mera anécdota.  Somos caminantes por naturaleza – “Natural born walkers” -.  Nos gusta mezclar con licor nuestros paseos y pusimos a caminar al tequila con nosotros.  Paso a paso la transfusión se iba desarrollando, la composición de nuestra sangre iba mejorando, mi lengua se iba enredando, y en la tarde nos fuimos perdiendo.  Terminada la primera botella ya estábamos lo suficientemente entonados como para partir hacia Vinacure. 
Tomé mi celular y le marqué a Marta.  En una media hora pasaríamos por ella.  Era poco tiempo para que se acicalara pero hoy era yo quien ponía las condiciones, se trataba de mi despedida y todos debían ajustarse a mis caprichos.

 

- ¿Y de dónde pensás que voy a sacar una amiga a esta hora? – me dijo Marta impotente ante mi petición (léase instrucción) de conseguir una acompañante para Martín

 

- Ahí tenés un batallón de primas, ¡imposible que ninguna se apunte! – le contesté

 

- Voy a ver que se puede hacer pero no te prometo nada.

 

Le dije al Zorro que ya todo estaba arreglado.  En aquel momento no nos habíamos tomado ni un cuarto de botella y ya nos encontrábamos al borde de la ebriedad.  Tres tragos de tequila usualmente no emborrachan a nadie, pero cuando se trata del tequila del estanquillo, tres tragos te pueden matar (desventajas del contrabando).

Caminamos haciendo figuras durante treinta y pico de minutos (pico, que palabreja tan dolorosa, y mas todavía si es el de un ganso) antes de llegar a la casa de Marta.  Una de sus primas, a quien no pareció gustarle demasiado nuestra carencia de sobriedad nos abrió la puerta.

 

- No está nada mal – me dijo el Zorro mirando a la chica de arriba abajo.

 

Nos sentamos en el sofá y le seguimos pegando al tequila mientras Marta pedía un taxi por teléfono.  La prima no aceptó el trago que Martín le ofreció.  Le presentó sus credenciales a la chica, y ella le clavó la lanza en el costado, cosa que extrañamente nos produjo una incontenible carcajada.

 

- El 286 en cinco minutos – nos informó Marta después de colgar el teléfono.

 

Honestamente no recuerdo que fue lo que sucedió en el lapso de tiempo transcurrido entre aquel instante y la llegada a Vinacure.  Es un recuerdo olvidado en el olvido, un recuerdo perdido que no se quiere dejar encontrar.  El Zorro me dijo que el 286 llegó por nosotros y nos transportó hasta nuestro destino.  Durante todo el trayecto, un muy varón taxista no dejó de hacer bromas acerca de la dudosa hombría del público vinacurense.

 

- ¿A dónde los llevo? – preguntó supuestamente el taxista

 

- A Vinacure – respondí, según el Zorro, en tono enredado.

 

- Me recogen las plumas cuando se bajen del taxi – se burló de nosotros el hombre, haciendo referencia a la reputación gay de Vinacure

 

Hasta los borrachos intuyen que desafiar a un taxista en Medellín es equivalente a amanecer agujereado en uno de sus basureros de mala muerte. Marta y su prima, espantadas se aferraban con fuerza de nuestros brazos.  Inicialmente ignoramos a nuestro chofer concentrándonos de manera salvaje en la botella de tequila.  Nuestro instinto de conservación nos dijo que le debíamos ofrecer un traguito al antipático conductor.

 

- ¿Un trago o qué, hermano? – le preguntó el Zorro alcanzándole la botella.

 

El hombre no respondió pero agarró el recipiente y se zampó su buena dosis de licor azteca.  A los dos minutos ya nos estaba diciendo que él también se animaba a rumbear con nosotros, idea que a decir verdad no recibimos con el mayor agrado, pero ante la cual no podíamos hacer otra cosa mas que aceptar.  Hubiéramos preferido que el caricortado nos dejara en la puerta del bar y luego se esfumara, pero ante su auto-invitación nada podía hacerse.  Contradecirlo era un suicidio, así que apelamos a la resignación. 

Cuando llegamos a Vinacure, la botella estaba vacía.  De ahí en adelante mi memoria escucha un conteo progresivo y se levanta de la lona antes de escuchar el número diez.

 

- ¿Cuanto te pagamos? – le pregunté

 

- Nada, muchachos, yo invito – contestó el taxista, tal vez a modo de agradecimiento por los tragos que se tomó de cuenta nuestra.

 

Nos bajamos del auto y vimos emerger ante nosotros aquella majestuosa estructura.  Era la casa de fiestas de un excéntrico artista de Medellín, localizada cerca de la (ahora convertida en santuario) tumba del capo de capos Pablo Escobar.  Subimos a la galería-bar a través de unas escalas en forma de espiral rodeadas por gansos enormes que saludaban a los visitantes.  Al llegar a la entrada, una mujer disfrazada de cavernícola nos recibía golpeándonos en la cabeza con un garrote hecho de espuma.  Nos cobró la entrada, una suma equivalente a un mes de salario, cosa que nos bajó un poco la borrachera.  Juntando los covers de los cinco pudimos reunir el dinero suficiente para reclamar otra botella de tequila. 

 

- Huy Zorro, para entrar aquí hay que robar antes un banco – le dije

 

- Sí, hermano, hay que hacerse liquidar, pero ya pagamos, ahora disfrutemos – contestó mi amigo.

 

Nos recibieron esculturas y estatuas que representaban divinidades, dioses, demonios y seres mitológicos que nos decían que allí adentro todo era permitido.  Aquellas imágenes insólitas hicieron que nuestro cuerpos fueran tornándose sensibles.  Incluso el taxista, supuestamente el más fuerte, no fue indiferente ante aquella locura en donde los olores transgredían el olfato y las texturas tomaban forma.  Fuímos pasando de ser unos meros visitantes a ser parte de la obra que allí se desarrollaba, fracasando en el intento de descifrar aquel mágico sitio.

 

Todos los meseros eran hombres disfrazados de cavernícola cuyos vestidos de piel eran exageradamente cortos, dejando ver impúdicamente una parte considerable de sus glúteos.  El taxista no se demoró en empezar con sus bromas pro-nazis y anti-gays.  Aunque nosotros odiábamos las chanzas homofóbicas, debo reconocer que el tipo se echaba uno que otro buen chiste.  Su chispa, aunada a nuestra borrachera, hizo que nos riéramos un buen rato a costa de los amanerados picapiedras. 

Algunos trogloditas algo mas varoniles realizaban en medio de la pista espectáculos de malabarismo, contorsionismo y tragafuegos.  Aquel pequeño circo de sol animaba la noche al ritmo de Madredeus y Pink Floyd.

 

El sitio estaba repleto, nosotros fuimos el parche aquella noche prehistórica.  No sabíamos que la idea era llegar disfrazados.  Tal vez teníamos la cara de pitecántropos, pero la mona, si no se viste de seda, aislada queda.  Las paredes estaban ambientadas con pinturas rupestres; las sillas y las mesas tenían forma de roca pero eran sumamente cómodas, toda la decoración hacía ver al sitio como una caverna. 

Nos sentamos en una mesa en forma de pecera, después nos daríamos cuenta que era la misma en la que Fito Paez remató una de sus noches hacía ya un par de años.  Destapamos la botella y seguimos tomando. 


No supimos cuando, pero de un momento a otro estábamos bailando en ronda, abrazados, al ritmo de “Should I stay or should I go” de los Clash.  El taxista le ponía toda la potencia a sus pulmones opacando nuestras voces (y por poco la de los punkeros británicos).  El incesante giro terminó en caída múltiple.  La fuerza centrífuga nos lanzó a cada uno a un extremo diferente de la pista.  Más de un paleolítico bailarín fue impactado por los borracho-proyectiles, haciendo las veces de pines de boliche.  Pines pacíficos afortunadamente, dicen que un gay enojado te puede sacar las tripas, hacer empanadas con ellas y luego comérselas con buen vino.  Como imanes nos fuimos encontrando y en grupo regresamos a nuestra mesa.  Un poco más calmados miramos el panorama, y ya repuestos del desplome notamos que el sitio no era totalmente gay, a nuestro alrededor se besaban chicos con chicas, niños con niños y ellas con ellas.  Algunos cavernícolas cubiertos con exóticas pieles verdes y de identidad imposible de definir deambulaban en busca de su presa. 

 

Analizaba el lugar cuando escuché el ensordecedor llamado de mi vejiga.  Me dirigí rápidamente al baño en donde una fila de homo ebrius se acomodaba junto a la puerta.  Lenta y dolorosamente fui avanzando.  Logré llegar justo cuando pensé que iba a reventar.  El baño era tan extraño como el resto del lugar; felinos con enormes dientes, mamuts y dinosaurios sedientos observaban como se iba por el sanitario un potente chorro de tequila.  Leí la inscripción quechua sobre el orinal: “Vinacure: Luciernaga de la noche” y pensé que yo estaba mas prendido que cualquier luciérnaga.  Salí mas liviano y regresé a la mesa.  Martín y las dos chicas se notaban algo cansados y aporreados por el licor.  Del taxista no había rastro.

 

- Lo que nos hace falta para animarnos es mas tequila – les dije

 

No sé de donde salió el dinero para la tercera botella pero allí nos vimos dándole mate al etílico y costoso frasquito.  Marta y su prima hablaban de algo que no nos incluía.  El Zorro y yo empezamos a reírnos de las mismas viejas y estúpidas anécdotas de siempre.  Entre evocación y evocación, y entre trago y trago el tiempo se sentó con nosotros para recordarnos que ya no quedaba casi nadie en el lugar y que la hora de irnos había llegado. 

 

Al bajar torpemente por las escaleras me dio por acariciar, de la misma manera que lo hago con mi perro, a los gansos que nadaban a nuestro alrededor.  Los malditos no supieron agradecer mi gesto y en manada se me lanzaron, picoteándome furiosamente.  Aún conservo uno que otro moretón.  Las risas del Zorro y de las chicas me dolían casi tanto como aquellos picotazos.  Me uní al jolgorio, la llegada al parqueadero era una sola carcajada.  El dolor y la risa no me impidieron que me sorprendiera al encontrar nuestro taxi zarandeándose armónicamente.  En un principio pensé que se trataba de mi borrachera pero una alucinación colectiva era descartable.  Todos veíamos al taxi sacudirse.  Nos acercamos sigilosamente, cada uno se paró al lado de una de sus ventanas para echarle una mirada a su interior.  La imagen del “homofóbico” taxista dándole clavo al cavernícola vestido de verde nos devolvió la carcajada.  Plumas blancas similares a las de los gansos salían por montones a través de las ventanillas.   

Un par de horas después, de regreso en Pereira, Marta y yo nos tomábamos un caldito de pollo para el guayabo.  El caldito era efectivo pero no lo suficiente como para aliviar mi dolor, al fin y al cabo los pollos son familiares de los gansos (eso creo, por lo menos también tienen pico).  Una sustancia viscosa, excelente para tratar tortícolis, lumbagos, calambres y torceduras recubría mi brazo. 


A mi juicio, la famosa pomadita también surte efecto en el caso de heridas producidas por mansos, perdón, por gansos.

 

DEL - IRIO

DEL - IRIO

 

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Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Algo fascinante encontraba en el apellido de aquellos que fueron sus amantes. El jugador de fútbol que conoció en su viaje a Turín la fulminó desde el preciso momento en el que se le presentó.


- Alessandro Del Piero, mucho gusto.


Nunca supo que era la máxima estrella de la Juve, jamás se enteró que era el ídolo de las multitudes, en medio de la ignorancia la pasión se desbordó.

El excelente actor del pésimo círculo de Hollywood la hizo tambalear cuado pronunció su nombre.


- Benicio Del Toro, señorita, siempre a sus órdenes.


El Beni descargó litros de blanca semilla durante una semana entera. Por eso pudo participar en aquella pélicula de Stone, quien le exigía perder 15 kilos para convertirse en su protagonista.


A mi lado yace ella, apacible. Observo sus paredes atiborradas de pinturas del renacentista Andrea Del Sarto, no existe el mas mínimo espacio entre ellas, una escena frenética, violenta. Mi chica despierta, me da un beso, me dice: "Te amo, Santiago Del Gado". Siempre hace esa extraña pausa al pronunciar mi apellido.

 

INXS

 

INXS

EN EXCESO

 

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

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“Elegí no elegir la vida.  Elegí algo más.

¿Y las razones? No hay razones.

¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”

 

Trainspotting / Danny Boyle

 

 

El apasionado beso no fue interrumpido por la fuerte lluvia sino por la presión que el bolillo ejercía sobre su espalda.  Despegó sus labios de los de la chica de la cresta y volteó la cabeza hacia atrás para encontrare con una gruesa figura revestida con un camuflaje verde.

 

-   ¿Será que los tortolitos se dignan a abandonar el estadio?  ¿O es que no les alcanza para el motel?  

 

Drogo se dio cuenta de que el estadio estaba desolado.  Las únicas almas que lo habitaban eran la suya y la de la chica.  El policía no contaba, “esos cerdos no tienen alma”, pensó mirando con desprecio al uniformado.  Le fastidió en demasía la manera en la que el “guardián de la autoridad” lo “invitaba” a desalojar el coliseo.  Le hubiera gustado agarrarlo a patadas con sus botas de punta de metal para quedar como un rey ante su chica pero sabía que eso era otra de sus marihuanadas.  Sabía perfectamente de lo que eran capaces esas bestias verdes y no pretendía oficiar de carne de cañón.  Tomó a su pareja de la mano y la condujo hacia la salida mas próxima.  El policía los miraba alejarse mientras se pasaba con placer el bolillo de mano en mano.

 

La muchacha era una suerte de espejo para Drogo.  Al mirarla podía verse también él mismo.  Escuálida, demacrada, con cresta verde y mirada perdida.  Con sueños rotos y ojos vacíos.  

 

-    Los cerdos no pueden ver una cresta porque se alborotan, es una especie de fetiche, apenas las detectan se les para el bolillo y se enloquecen por machacarnos con él

-    Correcto nena, salgamos de aquí antes de que la cosa se ponga fea.

-    ¿A donde piensas llevarme, loquito? – dijo la chica con voz sensual

-    Dímelo tú.  No conozco esta ciudad.

 

La pareja caminaba por los alrededores del estadio sin rumbo fijo, abrazados fuertemente con la intención de disimular un poco el frío que congelaba sus huesos.  Sorteaban vidrios rotos y silencios tristes, el agua deformaba sus crestas y se imprimía en sus ropas haciéndolas mas pesadas que ellos mismos.  

 

-   Vienes de Barrio K, ¿no es cierto?

-   ¿Cómo lo supiste?

-   Por el acento.

-   ¿Tan evidente es?

-   Tan evidente es.

-   ¿Qué raro, no?

-   ¿Qué cosa?

-   Que coincidan dos punks en un concierto de los gunners.

-   Sí, muy raro.  Y aún mas extraño que los dos tengan la cresta verde.

-   Sí, cresta color policía, deberíamos considerar un cambio de tinte.

-   Yo creo que deberíamos considerar ir a un sitio donde podamos calentarnos, a este paso me va a dar hipotermia.

-   Es la falta de grasa, nos hacen falta vitaminas.  ¿Y dónde nos metemos entonces?

-   Conozco un lugar tranquilo donde podemos terminar lo que empezamos en el estadio.

-   Ando sin un céntimo.

-   Yo invito, muévete, no es lejos.

 

Un motel de media estrella tampoco se salvó de los disturbios.  El par de calaveras se acercaron a la recepción y pidieron una habitación.

 

-  ¿Con jacuzzi o sin jacuzzi?

-  La que sea mas barata – respondió la chica.

 

El hombre que atendía el establecimiento les pidió esperar un momento.  La mucama aún estaba recogiendo pedazos de ventanas rotas a punta de pedradas.  Minutos mas tarde apareció una joven de extraño caminar que los condujo hacia un cuarto que despedía olor a cloro.  Les exigió el pago antes de abrirles la puerta.  Miró con desconsuelo el mojado billete que le entregaron y los dejó solos.

 

Una vez adentro, Drogo prendió un bareto gigante que además de llenar de humo y calor el cuarto, opacó el asqueroso olor a hipoclorito.  

 

-  Este bareto me quitó el frío, loquito, ahora tú quítame las ganas.

 

Drogo se abalanzó sobre la muchacha y se la clavó pensando en la gorda Jane.  No es que la estuviera extrañando o sintiera algún tipo de remordimiento.  No era eso, se trataba mas bien del hecho de darse cuenta de que por fin estaba teniendo verdadero sexo.  Jamás se volvería a revolcar con alguien que no le despertaba ya ni siquiera simpatía.

 

-   El remate estuvo mejor que el concierto, ¿no te parece loco?

-   Correcto, nena, que buen remate, hacía rato que no lo disfrutaba tanto.

-   Eso no es nada, acabas de ver algunas estrellas pero te puedo mostrar el universo entero.

-   ¿Y como es eso?

-   ¿Conoces la técnica de la asfixia?

-   Asfixiado vivía con la gorda Jane, pero no creo que sea a eso a lo que te refieres.

-   Claro que no.  Mira, el ahorcamiento provoca sensaciones eróticas, ¿lo sabías?

-   Algo he escuchado.  Pero se me hace peligroso, Michael Hutchence murió en el intento.

-   Michael Hutchence era peligroso y salvaje pero le faltó inteligencia para detenerse en el momento adecuado.  Tal vez solo fue un poco de mala suerte.  

-   Mira, si puedes darme mas placer que el que me hiciste sentir hace un minuto, me arriesgo a lo que sea.

-   Multiplica por mil ese orgasmo que tuviste y aún así estarás lejos.

-   Adelante nena, ¿qué estás esperando?

 

La chica se quitó su cinturón de taches y se lo acomodó a Drogo en la garganta.  Le aclaró que él mismo debería reconocer el punto de no retorno, el límite que de atravesarse te deja en el otro lado.

 

Miss Punker comenzó a chuparle la delgada verga mientras él se apretaba lentamente el cinturón.  A medida que lo iba apretando mas intensa era la sensación.  Ni la heroína se acercaba a esto.  Poco a poco sus ojos se fueron saliendo de órbita, su cara tomaba gradualmente un color azuloso y la lengua se proyectaba hacia fuera.  Con una mano seguía dándole cuerda al cinturón y con la otra agarraba de la cresta a la chica que le estaba propinando la mejor chupada de su vida.

 

Siempre se puede confiar en una chica punk, porque es probable que te de un largo beso de buenas noches, porque existe la posibilidad de que se te vaya la mano y termines allí donde duermen las moscas, justo en la cima de la montaña negra.

El placer llegó a su máximo punto.  El líquido espermático inundó la boca de su chica.  En su mente se dibujó la imagen de Jane antes de que todo se tornara negro.  La vio allí, metida en una caja negra, en el centro de un arenoso y humeante círculo.  Observó como salía con dificultad para gritarle ya desde afuera que se había llegado el momento de dejar de jugar.  Se acercó hacia ella arrastrando sus pesadas botas.  Cuando la tuvo al frente intentó decirle algo pero le pareció que le faltaba el aire.  Se sintió mareado, decidió descansar un poco y se acostó boca arriba dentro del amplio cajón.  Jane asomó su cabeza para sonreirle un segundo y cerrar para siempre la caja, para regalarle un último blues antes de apagarle la luz.  

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Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Cuando tienes una botella de barato tequila circulando por tu sangre corres el riesgo de convertirte en comida para gansos. También te expones a que las lagunas instaladas en tu mente (memento mix) se vayan drenando día tras día y a que tu cara vaya adquiriendo gradualmente forma de V (V de vergüenza, V de Vinacure).

 

- Bueno, ¿qué querés hacer esta noche?

 

Esta fue la pregunta que me hizo Martín mientras caminábamos seguros por el traicionero centro de Medellín,  tan profundos y casuales como siempre.  Me tomé mi tiempo para pensarlo.  Hoy era mi último día en la ciudad y no iba a aceptar una despedida cualquiera.  Toda la semana nos la habíamos pasado brincando como un par de grillos de bar en bar y de cine en cine.  Ahora quería algo nuevo, algo diferente.  Pensé en Vinacure, un bar loco localizado en las afueras de Medellín cuya sui generis propuesta de entretenimiento tiene mas relación con el arte que con la rumba misma. 

 

- Yo quiero ir a Vinacure, no lo conozco y me han dicho que el ambiente es de lo mejor

 

¿Vinacure?  Fue el interrogante que se dibujó sobre el nada entusiasta gesto de mi amigo.  No era difícil leer sus pensamientos, el volumen de su mente estaba demasiado alto.  Con seguridad Martín se estaría sintiendo incómodo al recordar la afeminada reputación de aquel lugar. 

 

- Relájate hombre Zorro, yo voy a ir con Marta y le digo que lleve una amiguita para vos – lo animé adelantándome a su respuesta.

 

- Ah, pues así, sí.  Vamos pa´ Vinacure – aceptó el viejo Martín con un evidente tono de alivio.

 

Entramos a un estanquillo en el antiguo sector de Guayaquil para comprar dos botellas de tequila a mitad de precio (ventajas del contrabando).  El Zorro amagó con sacar algunos billetes de su bolsillo pero yo insistí en invitar.  Una vez salimos del depósito continuamos nuestro camino.   Martín y yo somos unos caminantes excelsos, el hecho de que ninguno de los dos tenga auto no pasa de ser una mera anécdota.  Somos caminantes por naturaleza – “Natural born walkers” -.  Nos gusta mezclar con licor nuestros paseos y pusimos a caminar al tequila con nosotros.  Paso a paso la transfusión se iba desarrollando, la composición de nuestra sangre iba mejorando, mi lengua se iba enredando, y en la tarde nos fuimos perdiendo.  Terminada la primera botella ya estábamos lo suficientemente entonados como para partir hacia Vinacure. 
Tomé mi celular y le marqué a Marta.  En una media hora pasaríamos por ella.  Era poco tiempo para que se acicalara pero hoy era yo quien ponía las condiciones, se trataba de mi despedida y todos debían ajustarse a mis caprichos.

 

- ¿Y de dónde pensás que voy a sacar una amiga a esta hora? – me dijo Marta impotente ante mi petición (léase instrucción) de conseguir una acompañante para Martín

 

- Ahí tenés un batallón de primas, ¡imposible que ninguna se apunte! – le contesté

 

- Voy a ver que se puede hacer pero no te prometo nada.

 

Le dije al Zorro que ya todo estaba arreglado.  En aquel momento no nos habíamos tomado ni un cuarto de botella y ya nos encontrábamos al borde de la ebriedad.  Tres tragos de tequila usualmente no emborrachan a nadie, pero cuando se trata del tequila del estanquillo, tres tragos te pueden matar (desventajas del contrabando).

Caminamos haciendo figuras durante treinta y pico de minutos (pico, que palabreja tan dolorosa, y mas todavía si es el de un ganso) antes de llegar a la casa de Marta.  Una de sus primas, a quien no pareció gustarle demasiado nuestra carencia de sobriedad nos abrió la puerta.

 

- No está nada mal – me dijo el Zorro mirando a la chica de arriba abajo.

 

Nos sentamos en el sofá y le seguimos pegando al tequila mientras Marta pedía un taxi por teléfono.  La prima no aceptó el trago que Martín le ofreció.  Le presentó sus credenciales a la chica, y ella le clavó la lanza en el costado, cosa que extrañamente nos produjo una incontenible carcajada.

 

- El 286 en cinco minutos – nos informó Marta después de colgar el teléfono.

 

Honestamente no recuerdo que fue lo que sucedió en el lapso de tiempo transcurrido entre aquel instante y la llegada a Vinacure.  Es un recuerdo olvidado en el olvido, un recuerdo perdido que no se quiere dejar encontrar.  El Zorro me dijo que el 286 llegó por nosotros y nos transportó hasta nuestro destino.  Durante todo el trayecto, un muy varón taxista no dejó de hacer bromas acerca de la dudosa hombría del público vinacurense.

 

- ¿A dónde los llevo? – preguntó supuestamente el taxista

 

- A Vinacure – respondí, según el Zorro, en tono enredado.

 

- Me recogen las plumas cuando se bajen del taxi – se burló de nosotros el hombre, haciendo referencia a la reputación gay de Vinacure

 

Hasta los borrachos intuyen que desafiar a un taxista en Medellín es equivalente a amanecer agujereado en uno de sus basureros de mala muerte. Marta y su prima, espantadas se aferraban con fuerza de nuestros brazos.  Inicialmente ignoramos a nuestro chofer concentrándonos de manera salvaje en la botella de tequila.  Nuestro instinto de conservación nos dijo que le debíamos ofrecer un traguito al antipático conductor.

 

- ¿Un trago o qué, hermano? – le preguntó el Zorro alcanzándole la botella.

 

El hombre no respondió pero agarró el recipiente y se zampó su buena dosis de licor azteca.  A los dos minutos ya nos estaba diciendo que él también se animaba a rumbear con nosotros, idea que a decir verdad no recibimos con el mayor agrado, pero ante la cual no podíamos hacer otra cosa mas que aceptar.  Hubiéramos preferido que el caricortado nos dejara en la puerta del bar y luego se esfumara, pero ante su auto-invitación nada podía hacerse.  Contradecirlo era un suicidio, así que apelamos a la resignación. 

Cuando llegamos a Vinacure, la botella estaba vacía.  De ahí en adelante mi memoria escucha un conteo progresivo y se levanta de la lona antes de escuchar el número diez.

 

- ¿Cuanto te pagamos? – le pregunté

 

- Nada, muchachos, yo invito – contestó el taxista, tal vez a modo de agradecimiento por los tragos que se tomó de cuenta nuestra.

 

Nos bajamos del auto y vimos emerger ante nosotros aquella majestuosa estructura.  Era la casa de fiestas de un excéntrico artista de Medellín, localizada cerca de la (ahora convertida en santuario) tumba del capo de capos Pablo Escobar.  Subimos a la galería-bar a través de unas escalas en forma de espiral rodeadas por gansos enormes que saludaban a los visitantes.  Al llegar a la entrada, una mujer disfrazada de cavernícola nos recibía golpeándonos en la cabeza con un garrote hecho de espuma.  Nos cobró la entrada, una suma equivalente a un mes de salario, cosa que nos bajó un poco la borrachera.  Juntando los covers de los cinco pudimos reunir el dinero suficiente para reclamar otra botella de tequila. 

 

- Huy Zorro, para entrar aquí hay que robar antes un banco – le dije

 

- Sí, hermano, hay que hacerse liquidar, pero ya pagamos, ahora disfrutemos – contestó mi amigo.

 

Nos recibieron esculturas y estatuas que representaban divinidades, dioses, demonios y seres mitológicos que nos decían que allí adentro todo era permitido.  Aquellas imágenes insólitas hicieron que nuestro cuerpos fueran tornándose sensibles.  Incluso el taxista, supuestamente el más fuerte, no fue indiferente ante aquella locura en donde los olores transgredían el olfato y las texturas tomaban forma.  Fuímos pasando de ser unos meros visitantes a ser parte de la obra que allí se desarrollaba, fracasando en el intento de descifrar aquel mágico sitio.

 

Todos los meseros eran hombres disfrazados de cavernícola cuyos vestidos de piel eran exageradamente cortos, dejando ver impúdicamente una parte considerable de sus glúteos.  El taxista no se demoró en empezar con sus bromas pro-nazis y anti-gays.  Aunque nosotros odiábamos las chanzas homofóbicas, debo reconocer que el tipo se echaba uno que otro buen chiste.  Su chispa, aunada a nuestra borrachera, hizo que nos riéramos un buen rato a costa de los amanerados picapiedras. 

Algunos trogloditas algo mas varoniles realizaban en medio de la pista espectáculos de malabarismo, contorsionismo y tragafuegos.  Aquel pequeño circo de sol animaba la noche al ritmo de Madredeus y Pink Floyd.

 

El sitio estaba repleto, nosotros fuimos el parche aquella noche prehistórica.  No sabíamos que la idea era llegar disfrazados.  Tal vez teníamos la cara de pitecántropos, pero la mona, si no se viste de seda, aislada queda.  Las paredes estaban ambientadas con pinturas rupestres; las sillas y las mesas tenían forma de roca pero eran sumamente cómodas, toda la decoración hacía ver al sitio como una caverna. 

Nos sentamos en una mesa en forma de pecera, después nos daríamos cuenta que era la misma en la que Fito Paez remató una de sus noches hacía ya un par de años.  Destapamos la botella y seguimos tomando. 


No supimos cuando, pero de un momento a otro estábamos bailando en ronda, abrazados, al ritmo de “Should I stay or should I go” de los Clash.  El taxista le ponía toda la potencia a sus pulmones opacando nuestras voces (y por poco la de los punkeros británicos).  El incesante giro terminó en caída múltiple.  La fuerza centrífuga nos lanzó a cada uno a un extremo diferente de la pista.  Más de un paleolítico bailarín fue impactado por los borracho-proyectiles, haciendo las veces de pines de boliche.  Pines pacíficos afortunadamente, dicen que un gay enojado te puede sacar las tripas, hacer empanadas con ellas y luego comérselas con buen vino.  Como imanes nos fuimos encontrando y en grupo regresamos a nuestra mesa.  Un poco más calmados miramos el panorama, y ya repuestos del desplome notamos que el sitio no era totalmente gay, a nuestro alrededor se besaban chicos con chicas, niños con niños y ellas con ellas.  Algunos cavernícolas cubiertos con exóticas pieles verdes y de identidad imposible de definir deambulaban en busca de su presa. 

 

Analizaba el lugar cuando escuché el ensordecedor llamado de mi vejiga.  Me dirigí rápidamente al baño en donde una fila de homo ebrius se acomodaba junto a la puerta.  Lenta y dolorosamente fui avanzando.  Logré llegar justo cuando pensé que iba a reventar.  El baño era tan extraño como el resto del lugar; felinos con enormes dientes, mamuts y dinosaurios sedientos observaban como se iba por el sanitario un potente chorro de tequila.  Leí la inscripción quechua sobre el orinal: “Vinacure: Luciernaga de la noche” y pensé que yo estaba mas prendido que cualquier luciérnaga.  Salí mas liviano y regresé a la mesa.  Martín y las dos chicas se notaban algo cansados y aporreados por el licor.  Del taxista no había rastro.

 

- Lo que nos hace falta para animarnos es mas tequila – les dije

 

No sé de donde salió el dinero para la tercera botella pero allí nos vimos dándole mate al etílico y costoso frasquito.  Marta y su prima hablaban de algo que no nos incluía.  El Zorro y yo empezamos a reírnos de las mismas viejas y estúpidas anécdotas de siempre.  Entre evocación y evocación, y entre trago y trago el tiempo se sentó con nosotros para recordarnos que ya no quedaba casi nadie en el lugar y que la hora de irnos había llegado. 

 

Al bajar torpemente por las escaleras me dio por acariciar, de la misma manera que lo hago con mi perro, a los gansos que nadaban a nuestro alrededor.  Los malditos no supieron agradecer mi gesto y en manada se me lanzaron, picoteándome furiosamente.  Aún conservo uno que otro moretón.  Las risas del Zorro y de las chicas me dolían casi tanto como aquellos picotazos.  Me uní al jolgorio, la llegada al parqueadero era una sola carcajada.  El dolor y la risa no me impidieron que me sorprendiera al encontrar nuestro taxi zarandeándose armónicamente.  En un principio pensé que se trataba de mi borrachera pero una alucinación colectiva era descartable.  Todos veíamos al taxi sacudirse.  Nos acercamos sigilosamente, cada uno se paró al lado de una de sus ventanas para echarle una mirada a su interior.  La imagen del “homofóbico” taxista dándole clavo al cavernícola vestido de verde nos devolvió la carcajada.  Plumas blancas similares a las de los gansos salían por montones a través de las ventanillas.   

Un par de horas después, de regreso en Pereira, Marta y yo nos tomábamos un caldito de pollo para el guayabo.  El caldito era efectivo pero no lo suficiente como para aliviar mi dolor, al fin y al cabo los pollos son familiares de los gansos (eso creo, por lo menos también tienen pico).  Una sustancia viscosa, excelente para tratar tortícolis, lumbagos, calambres y torceduras recubría mi brazo. 


A mi juicio, la famosa pomadita también surte efecto en el caso de heridas producidas por mansos, perdón, por gansos.

 

DEL - IRIO

DEL - IRIO

 

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Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Algo fascinante encontraba en el apellido de aquellos que fueron sus amantes. El jugador de fútbol que conoció en su viaje a Turín la fulminó desde el preciso momento en el que se le presentó.


- Alessandro Del Piero, mucho gusto.


Nunca supo que era la máxima estrella de la Juve, jamás se enteró que era el ídolo de las multitudes, en medio de la ignorancia la pasión se desbordó.

El excelente actor del pésimo círculo de Hollywood la hizo tambalear cuado pronunció su nombre.


- Benicio Del Toro, señorita, siempre a sus órdenes.


El Beni descargó litros de blanca semilla durante una semana entera. Por eso pudo participar en aquella pélicula de Stone, quien le exigía perder 15 kilos para convertirse en su protagonista.


A mi lado yace ella, apacible. Observo sus paredes atiborradas de pinturas del renacentista Andrea Del Sarto, no existe el mas mínimo espacio entre ellas, una escena frenética, violenta. Mi chica despierta, me da un beso, me dice: "Te amo, Santiago Del Gado". Siempre hace esa extraña pausa al pronunciar mi apellido.

 

INXS

 

INXS

EN EXCESO

 

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

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“Elegí no elegir la vida.  Elegí algo más.

¿Y las razones? No hay razones.

¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”

 

Trainspotting / Danny Boyle

 

 

El apasionado beso no fue interrumpido por la fuerte lluvia sino por la presión que el bolillo ejercía sobre su espalda.  Despegó sus labios de los de la chica de la cresta y volteó la cabeza hacia atrás para encontrare con una gruesa figura revestida con un camuflaje verde.

 

-   ¿Será que los tortolitos se dignan a abandonar el estadio?  ¿O es que no les alcanza para el motel?  

 

Drogo se dio cuenta de que el estadio estaba desolado.  Las únicas almas que lo habitaban eran la suya y la de la chica.  El policía no contaba, “esos cerdos no tienen alma”, pensó mirando con desprecio al uniformado.  Le fastidió en demasía la manera en la que el “guardián de la autoridad” lo “invitaba” a desalojar el coliseo.  Le hubiera gustado agarrarlo a patadas con sus botas de punta de metal para quedar como un rey ante su chica pero sabía que eso era otra de sus marihuanadas.  Sabía perfectamente de lo que eran capaces esas bestias verdes y no pretendía oficiar de carne de cañón.  Tomó a su pareja de la mano y la condujo hacia la salida mas próxima.  El policía los miraba alejarse mientras se pasaba con placer el bolillo de mano en mano.

 

La muchacha era una suerte de espejo para Drogo.  Al mirarla podía verse también él mismo.  Escuálida, demacrada, con cresta verde y mirada perdida.  Con sueños rotos y ojos vacíos.  

 

-    Los cerdos no pueden ver una cresta porque se alborotan, es una especie de fetiche, apenas las detectan se les para el bolillo y se enloquecen por machacarnos con él

-    Correcto nena, salgamos de aquí antes de que la cosa se ponga fea.

-    ¿A donde piensas llevarme, loquito? – dijo la chica con voz sensual

-    Dímelo tú.  No conozco esta ciudad.

 

La pareja caminaba por los alrededores del estadio sin rumbo fijo, abrazados fuertemente con la intención de disimular un poco el frío que congelaba sus huesos.  Sorteaban vidrios rotos y silencios tristes, el agua deformaba sus crestas y se imprimía en sus ropas haciéndolas mas pesadas que ellos mismos.  

 

-   Vienes de Barrio K, ¿no es cierto?

-   ¿Cómo lo supiste?

-   Por el acento.

-   ¿Tan evidente es?

-   Tan evidente es.

-   ¿Qué raro, no?

-   ¿Qué cosa?

-   Que coincidan dos punks en un concierto de los gunners.

-   Sí, muy raro.  Y aún mas extraño que los dos tengan la cresta verde.

-   Sí, cresta color policía, deberíamos considerar un cambio de tinte.

-   Yo creo que deberíamos considerar ir a un sitio donde podamos calentarnos, a este paso me va a dar hipotermia.

-   Es la falta de grasa, nos hacen falta vitaminas.  ¿Y dónde nos metemos entonces?

-   Conozco un lugar tranquilo donde podemos terminar lo que empezamos en el estadio.

-   Ando sin un céntimo.

-   Yo invito, muévete, no es lejos.

 

Un motel de media estrella tampoco se salvó de los disturbios.  El par de calaveras se acercaron a la recepción y pidieron una habitación.

 

-  ¿Con jacuzzi o sin jacuzzi?

-  La que sea mas barata – respondió la chica.

 

El hombre que atendía el establecimiento les pidió esperar un momento.  La mucama aún estaba recogiendo pedazos de ventanas rotas a punta de pedradas.  Minutos mas tarde apareció una joven de extraño caminar que los condujo hacia un cuarto que despedía olor a cloro.  Les exigió el pago antes de abrirles la puerta.  Miró con desconsuelo el mojado billete que le entregaron y los dejó solos.

 

Una vez adentro, Drogo prendió un bareto gigante que además de llenar de humo y calor el cuarto, opacó el asqueroso olor a hipoclorito.  

 

-  Este bareto me quitó el frío, loquito, ahora tú quítame las ganas.

 

Drogo se abalanzó sobre la muchacha y se la clavó pensando en la gorda Jane.  No es que la estuviera extrañando o sintiera algún tipo de remordimiento.  No era eso, se trataba mas bien del hecho de darse cuenta de que por fin estaba teniendo verdadero sexo.  Jamás se volvería a revolcar con alguien que no le despertaba ya ni siquiera simpatía.

 

-   El remate estuvo mejor que el concierto, ¿no te parece loco?

-   Correcto, nena, que buen remate, hacía rato que no lo disfrutaba tanto.

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