DE INDIAS

 

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DE INDIAS

 

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

A Cartagena no venía desde que estaba chiquito.  En aquél entonces no comprendía muchas cosas que hoy se me revelan apasionantes.  En aquél entonces tal vez me divertí como jamás volveré a hacerlo en lo que me resta de vida.  En lo que me resta de muerte, no sé, las fábulas dicen que los muertos se levantan de sus tumbas para emparrandarse como nunca lo hicieron mientras tuvieron la sangre caliente.  Fábula es fábula, y algo debe haber detrás de aquellos cuentos, aunque sea la certeza de que son falsos.

 

Las que si son reales son las historias de la calle de la amargura, del palacio de la inquisición, del olor a queso rancio que despiden los italianos que se sientan en el mejor lugar de la plazoleta para observar a esos extraños seres de color oscuro que se mueven como unos demonios al ritmo de un ancestral y demente baile llamado mapalé. 


Tampoco es fábula el hecho de que existen dos Cartagenas, una que solo conocen los europeos curiosos y otros turistas de menor abolengo; y otra que no se puede mostrar pero que es mas poderosa, mas "Heróica", aquella Cartagena donde el sida abunda y la pobreza gobierna, donde no hay murallas ni castillos ni olor a queso rancio emanado de cristianos importados.

 

Esa otra Cartagena, de Indias, de indigencia, de indiferencia y de indolencia, me susurró al oído algo doloroso que quise camuflar con un confuso recuerdo que cabalga sobre los hombros del joven que me llevó a conocer el mar sin importarle haberse endeudado hasta el cuello, preocupándose nada más de que su hijo sólo conociera una mitad de Cartagena, aquella que es para todos grata y para nadie ajena.

 

EL TERCER PISO

 

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EL TERCER PISO

 

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

A Miguel no le gustan los números pares, se le antojan pesados, lentos, aburridos.  Hoy es su último día en el segundo piso, la nostalgia lo envuelve y lo consume de la misma manera que lo hace el implacable sol que descansa sobre su cabeza recalentándole los pensamientos e incinerando su cordura.

 

Camina mirando el humeante pavimento, los vapores que desprende el asfalto se cuelan por su nariz y le gritan desde adentro que a los treinta años la cara de paquidermo se hace mas que evidente y que el intenso olor a fracaso es mas fuerte en las entrañas que en la superficie.

Andando con la cabeza gacha recuerda que sus viejas botas hace ya muchos años que pisotean las mismas calles sin dejar el mas mínimo vestigio. 

 

Bajo la sombra de un viejo árbol, una banca recién pintada lo invita a sacudirse del bochorno.  Se sienta y comienza a patear furiosamente el suelo, frenético, delirante. Un dolor en el talón detiene la acción. Se maldice por sentirse extraño, se pregunta cuantas pisadas se necesitan para dejar una sola huella, y en un asomo de lucidez poco habitual en él se responde que eso depende del terreno, no es lo mismo caminar sobre autopistas de gelatina que sobre afilada roca.  Miguel nunca ha caminado sobre la arena y siente que es hora de realizar un viaje a la playa.  Antes de reanudar su camino se quita sus botas y las lanza hacia arriba, dejando que cuelguen de una frágil rama para que sirvan como refugio de pájaros desplumados.

 

Para Miguel, el treinta es tan solo una cifra más, no es diferente al 27 ni al 32, no hay ninguna magia en ese número.  El resto de la humanidad se ha encargado de erigir una barrera en forma de treinta y ante eso no puede hacerse nada, a excepción de tratar de derribarla como es debido.  Según sus amigos, esto debe hacerse con clase, con estilo, con esa madurez que nos imprimen los años.  Pero Miguel es primario y la única barrera que quisiera atravesar en estos momentos es a la Tutty Barrera, una muñeca encantadora con la que ha empapelado su habitación.  Él sabe todo acerca de la Tutty excepto una cosa, no tiene idea de cómo se irá a sentir esta belleza cuando le falte un día para cumplir los treinta años.  Tal vez las modelos no se cuestionen la mierda que a los mortales se nos revuelve de vez en cuando en la cabeza, tal vez a la Tutty no le de nostalgia montarse al tercer piso, a lo mejor sólo llegue a estresarla el número de invitados a su fiesta, el tamaño del pastel y el diseño final de las tarjetas de invitación, tarjetas que nunca llevarán el nombre Miguel Monsalve impreso sobre el papel perfumado.

 

Lo que si sigue impreso sobre su cabeza son las palabras de su amigo Camilo, las que le dieron forma al inolvidable sermón que le repitió incesantemente la noche anterior en medio de su borrachera.  Le aseguraba que a los 30 había que mirar el retrovisor para hacer los ajustes del caso, que era el momento justo para realizar un balance juicioso, para hacer un alto en el camino.  

Miguel no estuvo de acuerdo, para él no existe el hechizo que trató de dibujarle su amigo, no hay que esperar hasta los treinta para hacer ese maldito balance, da lo mismo hacerlo a los 27 que a los 32, no hay que esperar a los treinta para invitar a las neuronas al cumpleaños y ponerlas a soplar las treinta velitas, no hay encanto en esa cifra, no hay ningún alto en el camino, por el contrario, hay que apresurar el paso, y si se hace descalzo mucho mejor.

 

El suelo hirviente le hiere las plantas de los pies pero eso no es nada en comparación con la estocada que lleva bajo el pecho.  Quisiera encontrar a alguien en su trayecto con unos dientes perfectos que se acomoden a su herida pero sabe que es imposible, su forma es tan extraña que convierte esa esperanza en un caso perdido.  

Un sudor con olor a ron se acomoda frente a sus ojos quemando su retina y distorsionando el entorno, haciendo que la vaca que atravesaba la autopista adoptara una forma extraña, la forma de Rocky, el mismo perro que se llevó su chica meses atrás cuando lo abandonó para irse a vivir con un policía.

 

No quiere enjugarse el sudor de los ojos, prefiere dejarse engañar y correr detrás de su perro.  Cuando lo alcance le va a preguntar por qué diablos su mujer no se metió con un barrendero o con un ingeniero.  Un vidrio se le clava en la planta derecha obligándolo a detenerse.  

“¿Por qué tuvo que hacerlo con un condenado policía?” se pregunta mientras se desgarra la quemada piel.  Extrae el vidrio y escucha que a lo lejos un perro hace mmúú.  La maldita tenía la costumbre de tomarse todo al pie de la letra.  Se plantea una hipótesis que no se le antoja descabellada: “porque una vez le dije que para volverme mierda, había que hacerlo con todas las de la ley”.  

 

Mañana llegaría a los treinta.  Mañana llegaría a la playa. Alguien le dijo que el puto policía era un cuarentón con la vida organizada, un tipo que por donde quisiera que pasaba dejaba tras de sí una colección de agujeros que se acoplaban perfectamente a la forma de sus botas militares.

Mañana golpeará la arena con el pie cortado, dejando un hilo de sangre sobre la efímera huella, de manera que cuando el mar se de a la tarea de borrarla, sal y sangre se mezclen para recordarle que apenas se ha recorrido la mitad del camino.

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Mi instinto me señala el peligro / Mi estupidez cede a su atracción

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