- ¡ Me las van a pagar con reses ! – dijo el siempre malhablado Alejandro.
Soltamos la carcajada. ¿Con reses? ¡Ni que fuéramos ganaderos!. Diego se tiró al suelo, se revolcó tan fuertemente que barrió el suelo con su risa. Su camiseta blanca se convirtió en un receptáculo de polvo que nos hizo estornudar el resto de la tarde. Sus estornudos fueron los más traumáticos dado el desproporcionado tamaño de su nariz. Yo lloraba de la risa, es que definitivamente Alejo no perdonaba, siempre salía con alguna barbaridad, no es que nosotros fuéramos dignos merecedores de pertenecer a la real academia de la lengua española, pero es que las metidas de pata de nuestro compañero eran cosa seria. Antes de que pudiéramos pronunciar palabra alguna, Alejo la trató de arreglar:
- Sí señores, así les de mucha risa, me la van a pagar con reses y con creces!
Demasiado tarde, ya el daño estaba hecho, y como Ingenieros Químicos que pretendíamos ser, se nos confirmaba la sentencia entrópica que señalaba que lo que está bien se daña y lo que está mal se empeora. Estudiar con Diego y Alejo era imposible, cada que Alejo hablaba metía la pata, y cada vez que lo hacía Diego se carcajeaba durante media hora. Como la risa de Diego es mas contagiosa que un bostezo, pues no es difícil adivinar que yo me perdía media hora de estudio.
Al día siguiente me enfrentaba a un nada fácil examen de termodinámica del cual dependía el que pasara o no el semestre. Como era de esperarse, mi hoja permaneció en blanco durante la primera media hora. Golpeaba la hoja con mi lapicero como con ganas de que la tinta se derramara y formara las respuestas por arte de magia sobre el papel. Miraba para todas partes y siempre me encontraba con las mismas cuatro cosas:
- El 98% del salón respondiendo el examen a toda velocidad.
- Diego mirando su hoja en blanco y pensando al igual que yo que el semestre estaba a punto de irse por la borda.
- El profesor Martínez mirándome fijamente a los ojos, intuyendo que esta vez por fin me cobraría todos los chistecitos que hice durante sus clases.
- Y Alejandro mirándonos de reojo con aquella odiosa expresión tipo “Les dije que me las iban a pagar, bien fuera con reses o con creces”.
Tocó humillarnos, nada era tan importante para nosotros en ese momento como contestar aunque fuera dos preguntas que nos permitieran alcanzar el anhelado Tres, ese número mágico que nos pondría directamente en el sexto semestre.
- Alejo, estamos embalados, soplanos las dos primeras – le supliqué
- Les voy a soplar son las guevas, malparidos
- Dale, cachetón, no seas barro – me ayudó Diego
- Ni mierda, síganse riendo mejor, como ayer, así tal vez ganen el examen.
- Dale, ya se nos está acabando el tiempo! – me arrastré
El profesor caminó hacia nosotros, ya se olía que algo traíamos entre manos. Con seguridad nos quitaría el examen al encontrar nuestras hojas en blanco, era fijo que nos diría “lo que no hicieron en cuarenta minutos ya no lo van a hacer en diez, entreguen ustedes dos de una vez”.
Verlo caminar hacia nosotros hizo que mis testículos cambiaran de posición anidándose por un buen rato en medio de mi garganta. La cara de Diego también reflejó una preocupación evidente. La suerte estaba echada, muy poco había por hacer, tal vez resignarnos, nada más, aceptar que nos habíamos buscado nosotros mismos la pérdida del semestre.
Cada paso del profesor en dirección nuestra me transportaba a un episodio diferente:
Paso 1 (corto y pesado): Recibía del profesor una hoja virgen violada por un enorme cero en color rojo acompañado de la inocente nota “Repite semestre!”
Paso 2 (largo y grave): Sentado con mis papás en la sala de la casa, entregándoles las “buenas” nuevas. El viejo se quebraba el lomo para pagarme la carrera y este criminal perdía el semestre por vago!
Paso 3:(cercano y crujiente): Me veo en el salón rodeado de puros culicagados que me miran como bicho raro por estar repitiendo una materia tan fácil.
Paso 4 (celestial): Escucho la voz angelical de Tista.
¿Un momento? ¿Escucho la voz angelical de Tista? Eso no cuadra con mi catastrófica visión del futuro. Me doy cuenta de que ese episodio es real y no pertenece a mi ensoñación. Lo que sucede es que tenemos un gran amigo que percibió la magnitud del problema y se le ocurrió providencialmente lanzarnos un salvavidas. No es que Tista tuviera una voz de querubín, no, al contrario, su voz era tan ronca y agria como él mismo. Cuando digo angelical lo digo porque Tista interceptó como un ángel al profesor justo cuando este se acercaba hacia nosotros. Era el mejor alumno de la clase y sabía que el profesor lo atendería en cualquier momento, que le daría prioridad a su aventajado alumno por encima de cualquier cosa, incluso sería capaz de abandonar la feroz cacería de un par de indeseables vagos inescrupulosos.
- Profesor Martínez, ¿puede acercarse por favor? - llamó oportunamente Tista al profesor al notar que éste estaba pisándonos los talones
El profesor se detuvo. Miró a Tista, nos miró a nosotros. Vaciló un buen rato, como si estuviera tomando una decisión de vida o de muerte. Diego se puso mas pálido de lo que era y a mí se me detuvo el corazón. Nos regresaron el color y las palpitaciones cuando vimos al profesor Martínez dar la vuelta para dirigirse al puesto de Bautista. En ese momento, Diego reaccionó y le quitó a Alejandro una de sus hojas (llevaba tres escritas el h.p), copió velozmente un par de respuestas y se la devolvió con una destreza digna de un prestidigitador. Luego, me lanzó un papelito donde me copiaba las susodichas respuestas.
- Me extraña que me haga ese tipo de preguntas, señor Bautista!. Si se tratara del par de vagos que hay allá atrás, pues hasta lo pasaría, pero usted, Bautista? usted? Definitivamente al que entre la miel anda, algo se le pega!
Cinco minutos después, el profesor recogía los exámenes. Respiramos profundamente, le dimos un par de palmaditas a Alejo en la espalda en señal de agradecimiento por haber estudiado de forma tan juiciosa y haber hecho posible que contestáramos correctamente las dos preguntas que nos librarían de seguirle viendo la cara al profesor Martínez de ahí en adelante. Tomamos las maletas y salimos del salón con un aire relajado y sereno impregnado en nuestros rostros.
- Sigan así, maricones. Así no van a llegar a ningún Pereira!
Y saber que yo llevo ya cinco años en Pereira! Las vueltas que da la vida, ¿no?. El último en salir, y con cara de no muy buenos amigos fue Tista. Se había quedado conversando un rato con el profesor. Vimos que llevaba en sus manos una tonelada de exámenes.
- Me hicieron quedar como un culo, ¿no? Semejante examen tan cagado y me toca preguntarle tremenda guevonada a Martínez para salvarles el pellejo!, cojan oficio, coman mierda!
Tista estaba bien molesto de verdad. No era raro en él verlo de mal humor, lo extraño era verlo así después de un examen de termodinámica. Siempre salía feliz de este tipo de pruebas ya que las materias de ingeniería eran para él pan comido. Podían ponerle el ejercicio mas complicado del universo y él lo respondía con una naturalidad pasmosa.
Le dimos las gracias y lo dejamos atrás.
Hablaba con Diego de la tremenda salvada que acabábamos de pegarnos, de lo cerca que estuvimos y de la suerte loca que nos acompañaba cuando vimos pasar a nuestro lado a Bob Patiño, el otro niño genio de nuestra generación, un tipo con una inteligencia tan enorme como su humor negro.
- ¿Entonces que muchachos? ¿Cómo le fue?
- Bien, Pajiño, bien – respondió Diego llamándolo por el sobrenombre con el que lo había bautizado desde que lo conoció.
- Me alegro muchachos, estuvo fácil. Me llamó la atención aquella curiosidad.
- ¿Curiosidad? – le preguntamos al unísono
- Sí, el hecho de que todas las respuestas fueran iguales, 4000 BTU por libra.
- ¿¿4000 BTU por libra ?? – respondimos nuevamente en coro
- No me salgan con que la cagaron!
No le respondimos, dimos la vuelta y abordamos a Tista. La última vez que había visto el número 4000 había sido el día anterior, cuando le pagué la carrera al taxista que me llevaba desde Unicentro hasta mi casa.
- Tista, ¿cuales eran las respuestas a las preguntas tres y cinco? – preguntó Diego
- 4000 BTU por libra, y no sólo la tres y la cinco. Todas daban lo mismo.
Diego se dejó caer y se tomó la cabeza con sus manos. Yo le arrebaté el examen a Tista y pude comprobar que no se trataba de una conspiración. No era broma, casi me da un ataque cuando ví su examen plagado del número 4000 por todas partes. No sabíamos si coger a patadas a Alejo por bruto, o cogernos a golpes a nosotros mismos por maricas. Cómo se nos ocurría copiarle al burro de Alejo? Eso era como montarse en un Renault 4 con la esperanza de ganar una carrera de la Fórmula Uno. Le devolví el examen a Tista y me senté al lado de Diego.
- Qué h,p tan brutos! – le dije
- Qué doble h.p tan brutos! – me contestó – hubiera sido mejor haber entregado la hoja en blanco.
- Sí, hubiera dado menos pena, pero bueno, la cagada está hecha.
- Hecha y olorosa!
Vimos alejarse a Tista con nuestros exámenes entre sus manos, pensando en lo aburrido que sería aguantarnos otros seis meses al profesor Martínez, aquel tipo que .....
UN MOMENTO ¡ ¿Con nuestros exámenes en sus manos ?
Nos paramos como unos resortes. Lo alcanzamos rápidamente y lo secuestramos. Lo metimos en un salón desocupado y cerramos la puerta con llave.
- Tista, ¿qué hacés vos con estos exámenes? – pregunté
- Pues por culpa de ustedes me toca calificarlos a mí
- ¿Por qué? – preguntó Diego
- Martínez se molestó por la pregunta estúpida que le hice, o mejor dicho, que ustedes me hicieron decirle durante el examen.
- ¿Y? – le preguntamos a la vez
- Pues me dijo que le calificara los exámenes yo, que le había sacado la piedra y que me debía reivindicar. Y cómo yo sé como es que le gusta a él reivindicarse, pues mejor le califico los exámenes. En últimas, hoy me toca pasar la noche pegado del escritorio por culpa de ustedes, par de zánganos.
Diego se arrodilló y se echó la bendición. Yo cogí a Tista de la cabeza y le di un beso en la frente. Él captó de inmediato lo que sucedía.
- ¿No me digan que la gueva de Alejo no respondió bien el examen?
No tuvimos necesidad de contestar. La respuesta era evidente. Y fue evidente también el hecho de que pasaríamos la noche acompañando a Tista en su escritorio.