UN COSTEÑO EN LA NEVERA

 

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UN COSTEÑO EN LA NEVERA

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

En este restaurante londinense todos leen el periódico.  Observo a los comensales y concluyo que los británicos son unos monstruos, leen y comen simultaneamente, sin chorrearse la salsa, sin releer una sola línea.  Para mi, que tengo serios problemas de motricidad, esto se me antoja en realidad asombroso. 
Por lo general sólo agarro los diarios para castigar a mi perro, un can extraño que se quita su cobija en las noches heladas, pero esta tarde no pretendo quedar relegado. Abro entonces una página al azar.  Dejo la taza sobre la mesa después de adornar mi corbata con unas gotas de café.  Un artículo interesante me revela que en la mesa de un restaurante de Barranquilla se producen 310 contactos corporales en una hora, en una mesa de París, 30, y en una de Londres, dos, el saludo y la despedida.  Esto me recuerda que hace dos meses no me meto una buena sacudida y decido realizar el segundo contacto.  Le pago a la mesera y en un pésimo inglés le pregunto cómo llegar al barrio latino.  No muy amablemente, la chica de culo caído me obsequia un par de indicaciones.  Salgo del restaurante para recibir un latigazo de aire frío que me congela las pelotas. 

Camino entre la espesa neblina y me pregunto si fue una buena idea haber atravesado medio mundo para esconderme de su recuerdo.  Es ella misma, sonriendo a mis espaldas, quien me entrega la respuesta.  Un aviso rompe con su luz de neón la muralla blanca y me invita a adentrarme en sus secretos.  El estrecho pasillo me conduce a una sala tibia que resucita mis orejas.  Me siento en medio de un impecable sofá decorado en sus extremos por dos alucinantes bellezas.  La rubia toma la inicicativa, se acerca y parlotea algo que no logro entender.  Conciente de lo grosero que puedo resultar, no le quito la mirada a su compañera, una exquisita morena que detona la nostalgia.  Me despido de la rubia y me acerco a la de piel bronceada.  En español le pregunto su nombre, fantaseando con que me va a responder, en acento costeño, que se llama Lucía.  Desafortunadamente también parlotea algo que no comprendo.  El lenguaje de las señas es universal y concretamos un negocio en el que supuestamente las dos partes salimos ganando. 

La habitación tiene un olor evidente que no me molesta, al fin y al cabo me recuerda al mar de Barranquilla, un mar tan sucio y feo como sus habitantes.  La morena enciende la radiograbadora para darle inicio a un sensual streptease que decido interrumpir abruptamente.  La atmósfera no da para perder tiempo.  Saco de mi chaqueta un C.D de Diomedes Diaz y lo pongo a todo volumen.  Le hago indicaciones a la chica para que se acueste sobre la cama.  De inmediato me extiendo a su lado para palpar su cabello. 

El vallenato que canto a todo pulmón mientras la acaricio me convence de que durante unos segundos, Lucía y yo estamos juntos de nuevo .

EL JUICIO DE COSTACURTA

 

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EL JUICIO DE COSTACURTA

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

-   Debe ser condenada, es una hechicera ! – Dijo exaltado uno de los miembros del jurado

-   Sí, a la hoguera ! – Vociferó el resto al unísono

 

Difícil era encontrar personas escépticas en el medioevo, y mas aún en el ámbito jurista.  El juez Rainieri se salía del molde, pero eso no era motivo suficiente para absolver a la acusada.

El jurado había decidido.

 

-   Julia Costacurta, te condeno a morir en la hoguera por hechicería, prácticas mágicas y herejía – sentenció Rainieri

 

El juez dio por terminado el juicio y se dirigió cabizbajo a su despacho, cargando con un sentimiento de culpa que ya se había hecho recurrente .

 

Cientos de personas se reunirían horas después en la plaza principal para presenciar el acontecimiento.  Nadie quería perderse el espectáculo.  Una antorcha se incendió y un segundo después el ambiente fue invadido por una mezcla de desgarradores gritos de dolor e insultos de toda índole.  Una cortina de humo envolvió a los espectadores llevando consigo un intenso y asqueroso olor a azufre que los obligó a retirarse.

 

En ese preciso instante, el juez Rainieri experimentó una sensación de liviandad que lo alejó de sus culposos pensamientos.

PENALTY

 

PENALTY

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Dos árboles de mango, separados uno del otro por un par de metros, se constituyen en la portería perfecta para un niño de siete años.  Santi acomodó el balón sobre el círculo que habíamos dibujado con un palo afilado y luego se encaramó en uno de los árboles para divisar el duelo desde tribuna alta.

 

-    Yo soy el mejor arquero del mundo – dije en tono desafiante mientras me acomodaba los guantes que mi mamá me había tejido como regalo de cumpleaños.

 

Alejandro no respondió.  Decían que el español ya no se le dificultaba tanto, pero al parecer no le gustaba mezclarse demasiado con la clase media.  Se limitó a mirarme de reojo, casi con fastidio, como queriéndome decir que jamás podría atrapar un balón impactado por sus costosos guayos plateados traídos directamente desde Italia.

 

-    Ese gordo es pura grasa, no tiene nada de fuerza, apuesto a que se lo atajás – me animó Santi desde las ramas.

 

Al escuchar esto, el robusto Alejandro se dejó venir a toda velocidad, como un jabalí, mirando con furia el balón barato con el que pretendía atravesarme.  

 

La colisión fue violenta a pesar del corto trayecto recorrido por el esférico (un par de centímetros a lo sumo).  Lo que nos señaló que Alejo le había puesto el alma a aquel disparo fue el desgarrador alarido que se escuchó en todo el barrio.

 

-    ¡ Hijosputa ! -  gritó en un pésimo español antes de quitarse el guayo para dejar asomar una enorme inflamación.

 

La carcajada de Santi no se hizo esperar.  Se dejó caer de las ramas y se dirigió hacia el lugar donde se encontraba nuestro lastimado compañero, no precisamente para ayudarlo, sino para levantar el balón y retirarle el par de rocas que le habíamos introducido en la mañana.

 

-        Loco, ¿Si viste que este gringuito no era mudo?

 

El plan de Santi había salido a la perfección.  Me pasó una de las rocas y empezamos a lanzárselas a los árboles.  Yo no pude bajar un solo mango.  Él derribó tres.  Me regaló uno a mí y los otros dos se los metió en el bolsillo.  Sus ojos hambrientos y risueños me dieron a entender que los reservaría para la cena.

 

 

HONGOFAGIA

HONGOFAGIA 

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Después del banquete, el hongo canibal realizó un viaje memorable.

INGENIERÍA CÓMICA

 

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INGENIERIA CÓMICA

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

-   ¡ Me las van a pagar con reses ! – dijo el siempre malhablado Alejandro.

 

Soltamos la carcajada.  ¿Con reses? ¡Ni que fuéramos ganaderos!.  Diego se tiró al suelo, se revolcó tan fuertemente que barrió el suelo con su risa.  Su camiseta blanca se convirtió en un receptáculo de polvo que nos hizo estornudar el resto de la tarde.  Sus estornudos fueron los más traumáticos dado el desproporcionado tamaño de su nariz.  Yo lloraba de la risa, es que definitivamente Alejo no perdonaba, siempre salía con alguna barbaridad, no es que nosotros fuéramos dignos merecedores de pertenecer a la real academia de la lengua española, pero es que las metidas de pata de nuestro compañero eran cosa seria.  Antes de que pudiéramos pronunciar palabra alguna, Alejo la trató de arreglar:

 

-   Sí señores, así les de mucha risa, me la van a pagar con reses y con creces!

 

Demasiado tarde, ya el daño estaba hecho, y como Ingenieros Químicos que pretendíamos ser, se nos confirmaba la sentencia entrópica que señalaba que lo que está bien se daña y lo que está mal se empeora.  Estudiar con Diego y Alejo era imposible, cada que Alejo hablaba metía la pata, y cada vez que lo hacía Diego se carcajeaba durante media hora.  Como la risa de Diego es mas contagiosa que un bostezo, pues no es difícil adivinar que yo me perdía media hora de estudio.  

Al día siguiente me enfrentaba a un nada fácil examen de termodinámica del cual dependía el que pasara o no el semestre.  Como era de esperarse, mi hoja permaneció en blanco durante la primera media hora.  Golpeaba la hoja con mi lapicero como con ganas de que la tinta se derramara y formara las respuestas por arte de magia sobre el papel.  Miraba para todas partes y siempre me encontraba con las mismas cuatro cosas:

 

  1. El 98% del salón respondiendo el examen a toda velocidad.
  2. Diego mirando su hoja en blanco y pensando al igual que yo que el semestre estaba a punto de irse por la borda.
  3. El profesor Martínez mirándome fijamente a los ojos, intuyendo que esta vez por fin me cobraría todos los chistecitos que hice durante sus clases.
  4. Y Alejandro mirándonos de reojo con aquella odiosa expresión tipo “Les dije que me las iban a pagar, bien fuera con reses o con creces”.

 

Tocó humillarnos, nada era tan importante para nosotros en ese momento como contestar aunque fuera dos preguntas que nos permitieran alcanzar el anhelado Tres, ese número mágico que nos pondría directamente en el sexto semestre.

 

-   Alejo, estamos embalados, soplanos las dos primeras – le supliqué

-   Les voy a soplar son las guevas, malparidos

-   Dale, cachetón, no seas barro – me ayudó Diego

-   Ni mierda, síganse riendo mejor, como ayer, así tal vez ganen el examen.

-   Dale, ya se nos está acabando el tiempo! – me arrastré

 

El profesor caminó hacia nosotros, ya se olía que algo traíamos entre manos.  Con seguridad nos quitaría el examen al encontrar nuestras hojas en blanco, era fijo que nos diría “lo que no hicieron en cuarenta minutos ya no lo van a hacer en diez, entreguen ustedes dos de una vez”.  

Verlo caminar hacia nosotros hizo que mis testículos cambiaran de posición anidándose por un buen rato en medio de mi garganta.  La cara de Diego también reflejó una preocupación evidente.  La suerte estaba echada, muy poco había por hacer, tal vez resignarnos, nada más, aceptar que nos habíamos buscado nosotros mismos la pérdida del semestre.

 

Cada paso del profesor en dirección nuestra me transportaba a un episodio diferente:

 

Paso 1 (corto y pesado):  Recibía del profesor una hoja virgen violada por un enorme cero en color rojo acompañado de la inocente nota “Repite semestre!”

Paso 2 (largo y grave):  Sentado con mis papás en la sala de la casa, entregándoles las “buenas” nuevas.  El viejo se quebraba el lomo para pagarme la carrera y este criminal perdía el semestre por vago!

Paso 3:(cercano y crujiente):  Me veo en el salón rodeado de puros culicagados que me miran como bicho raro por estar repitiendo una materia tan fácil.

Paso 4 (celestial):  Escucho la voz angelical de Tista.

 

¿Un momento?  ¿Escucho la voz angelical de Tista?  Eso no cuadra con mi catastrófica visión del futuro.  Me doy cuenta de que ese episodio es real y no pertenece a mi ensoñación.  Lo que sucede es que tenemos un gran amigo que percibió la magnitud del problema y se le ocurrió providencialmente lanzarnos un salvavidas.  No es que Tista tuviera una voz de querubín, no, al contrario, su voz era tan ronca y agria como él mismo.  Cuando digo angelical lo digo porque Tista interceptó como un ángel al profesor justo cuando este se acercaba hacia nosotros.  Era el mejor alumno de la clase y sabía que el profesor lo atendería en cualquier momento, que le daría prioridad a su aventajado alumno por encima de cualquier cosa, incluso sería capaz de abandonar la feroz cacería de un par de indeseables vagos inescrupulosos.

 

-   Profesor Martínez, ¿puede acercarse por favor?  - llamó oportunamente Tista al profesor al notar que éste estaba pisándonos los talones

 

El profesor se detuvo.  Miró a Tista, nos miró a nosotros.  Vaciló un buen rato, como si estuviera tomando una decisión de vida o de muerte.  Diego se puso mas pálido de lo que era y a mí se me detuvo el corazón.  Nos regresaron el color y las palpitaciones cuando vimos al profesor Martínez dar la vuelta para dirigirse al puesto de Bautista.  En ese momento, Diego reaccionó y le quitó a Alejandro una de sus hojas (llevaba tres escritas el h.p), copió velozmente un par de respuestas y se la devolvió con una destreza digna de un prestidigitador.  Luego, me lanzó un papelito donde me copiaba las susodichas respuestas.   

 

-    Me extraña que me haga ese tipo de preguntas, señor Bautista!.  Si se tratara del par de vagos que hay allá atrás, pues hasta lo pasaría, pero usted, Bautista? usted? Definitivamente al que entre la miel anda, algo se le pega!

 

Cinco minutos después, el profesor recogía los exámenes.  Respiramos profundamente, le dimos un par de palmaditas a Alejo en la espalda en señal de agradecimiento por haber estudiado de forma tan juiciosa y haber hecho posible que contestáramos correctamente las dos preguntas que nos librarían de seguirle viendo la cara al profesor Martínez de ahí en adelante.  Tomamos las maletas y salimos del salón con un aire relajado y sereno impregnado en nuestros rostros.

 

-   Sigan así, maricones.  Así no van a llegar a ningún Pereira!

 

Y saber que yo llevo ya cinco años en Pereira! Las vueltas que da la vida, ¿no?.  El último en salir, y con cara de no muy buenos amigos fue Tista.  Se había quedado conversando un rato con el profesor.  Vimos que llevaba en sus manos una tonelada de exámenes.

 

-    Me hicieron quedar como un culo, ¿no? Semejante examen tan cagado y me toca preguntarle tremenda guevonada a Martínez para salvarles el pellejo!, cojan oficio, coman mierda!

 

Tista estaba bien molesto de verdad.  No era raro en él verlo de mal humor, lo extraño era verlo así después de un examen de termodinámica.  Siempre salía feliz de este tipo de pruebas ya que las materias de ingeniería eran para él pan comido.  Podían ponerle el ejercicio mas complicado del universo y él lo respondía con una naturalidad pasmosa.

Le dimos las gracias y lo dejamos atrás. 

 

Hablaba con Diego de la tremenda salvada que acabábamos de pegarnos, de lo cerca que estuvimos y de la suerte loca que nos acompañaba cuando vimos pasar a nuestro lado a Bob Patiño, el otro niño genio de nuestra generación, un tipo con una inteligencia tan enorme como su humor negro.

 

-   ¿Entonces que muchachos? ¿Cómo le fue?

-   Bien, Pajiño, bien – respondió Diego llamándolo por el sobrenombre con el que lo había bautizado desde que lo conoció.

-    Me alegro muchachos, estuvo fácil.  Me llamó la atención aquella curiosidad.

-   ¿Curiosidad? – le preguntamos al unísono

-   Sí, el hecho de que todas las respuestas fueran iguales, 4000 BTU por libra.

-   ¿¿4000 BTU por libra ?? – respondimos nuevamente en coro

-   No me salgan con que la cagaron!

 

No le respondimos, dimos la vuelta y abordamos a Tista.  La última vez que había visto el número 4000 había sido el día anterior, cuando le pagué la carrera al taxista que me llevaba desde Unicentro hasta mi casa.  

 

-   Tista, ¿cuales eran las respuestas a las preguntas tres y cinco? – preguntó Diego

-   4000 BTU por libra, y no sólo la tres y la cinco.  Todas daban lo mismo.

 

Diego se dejó caer y se tomó la cabeza con sus manos.  Yo le arrebaté el examen a Tista y pude comprobar que no se trataba de una conspiración.  No era broma, casi me da un ataque cuando ví su examen plagado del número 4000 por todas partes.  No sabíamos si coger a patadas a Alejo por bruto, o cogernos a golpes a nosotros mismos por maricas.  Cómo se nos ocurría copiarle al burro de Alejo?  Eso era como montarse en un Renault 4 con la esperanza de ganar una carrera de la Fórmula Uno.  Le devolví el examen a Tista y me senté al lado de Diego.

 

-   Qué h,p tan brutos! – le dije

-   Qué doble h.p tan brutos! – me contestó – hubiera sido mejor haber entregado la hoja en blanco.

-   Sí, hubiera dado menos pena, pero bueno, la cagada está hecha.

-   Hecha y olorosa!

 

Vimos alejarse a Tista con nuestros exámenes entre sus manos, pensando en lo aburrido que sería aguantarnos otros seis meses al profesor Martínez, aquel tipo que .....

 

UN MOMENTO ¡  ¿Con nuestros exámenes en sus manos ?

 

Nos paramos como unos resortes.  Lo alcanzamos rápidamente y lo secuestramos.  Lo metimos en un salón desocupado y cerramos la puerta con llave.

 

-    Tista, ¿qué hacés vos con estos exámenes? – pregunté

-    Pues por culpa de ustedes me toca calificarlos a mí

-    ¿Por qué? – preguntó Diego

-    Martínez se molestó por la pregunta estúpida que le hice, o mejor dicho, que ustedes me hicieron decirle durante el examen.

-   ¿Y? – le preguntamos a la vez

-   Pues me dijo que le calificara los exámenes yo, que le había sacado la piedra y que me debía reivindicar.  Y cómo yo sé como es que le gusta a él reivindicarse, pues mejor le califico los exámenes.  En últimas, hoy me toca pasar la noche pegado del escritorio por culpa de ustedes, par de zánganos.

 

Diego se arrodilló y se echó la bendición.  Yo cogí a Tista de la cabeza y le di un beso en la frente.  Él captó de inmediato lo que sucedía.

 

- ¿No me digan que la gueva de Alejo no respondió bien el examen?

 

No tuvimos necesidad de contestar.  La respuesta era evidente.  Y fue evidente también el hecho de que pasaríamos la noche acompañando a Tista en su escritorio.

 

NO ENSUCIES MI PARCHE

NO ENSUCIES MI PARCHE

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

 

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-         ¿Una banda? Este man si es guevón! Si lo único que sabemos tocar son las tetas de las locas que andan con este trío de calaveras, donde lleguemos a dar un concierto nos encienden a tomates!, no, no seas guevón, en vez de estar hablando maricadas mejor pasáme el guaro que ya me estoy es pasmando.


Johny le pasó avergonzado la botella de aguardiente a su amigo en un gesto de sumisión que irritaba a Rodrigo, quien se limitaba a escucharlos mientras pintaba rabiosamente un graffiti en el único espacio libre que quedaba en aquella pared de esquina plagada de nombres de agrupaciones como Sex Pistols y The Clash, de slogans pesimistas al estilo “No Futuro” y de símbolos anárquicos que se habían constituido en elementos característicos de una generación marginada.


- Ah, este guaro es lo mas chimba pa´ este frío tan agreste, lástima que se nos esté acabando, va a tocar ir por más. ¿Me oíste Johny? ¿Sí?, ¿y entonces? Marchando pues, marchando, ya sabés que yo no puedo aparecer por la tienda de ese viejo marica de don José, ese hijueputa me la montó desde que me pinté la cresta de verde porque dizque le espanto la clientela. La clientela... qué clientela va a tener ese viejo marica!, si no fuera por el guaro que le compramos cada ocho días ya se hubiera quebrado. Un día de estos me estreno estos tumbamuros y le destruyo a pata su puto negocio. Anda vos pues guevón, anda vos que todavía no te has pintado la cresta y tenés carita de yo no fui, andá, andá pués.


El muchacho salió disparado en dirección a la tienda, no quería quedarle mal a quien consideraba su ídolo, sabía que esta noche era importante y no la quería cagar por nada del mundo.
Rodrigo interrumpió su graffiti para observar al chico de jeans ajustados y pesadas botas que se alejaba presurosamente. Antes de continuar su dibujo posó la mirada sobre el de la cresta verde, quien aprovechó la ausencia de Jhony para cogerlo de tema.


- Hermano, yo no sé que es lo que le pasa a esos pelaos de ahora, se mantienen como aguevados, o si no mirá a este pegote que nos conseguimos, ¿si oíste lo que dijo? Dizque una banda, mucho guevón, ni siquiera ha tenido las pelotas de pintarse esa minicrestica que se gasta y pensando dizque en formar una banda!. No, estamos jodidos, llevados del hijueputa viejo Rodri, ¿vos si creés que nos responda?, a mi que se me hace que hoy nos va a salir con un chorro de babas, ¿vos que pensás?

No hubo respuesta, lo único que se escuchó fueron los pasos del muchacho que se acercaba con una botella de aguardiente en la mano, un trago en el que se había gastado la plata de los pasajes de la semana entrante. Aquello poco le importaba, para él esto era un sacrificio que hacía con el mayor de los gustos y cuya gran recompensa era ver dibujado un gesto de satisfacción en la cara de su amigo al arrebatarle la botella e inundar su garganta con el etílico líquido sin pérdida de tiempo, sin malgastar un segundo aunque fuera para decir ”gracias”.


- Ah, esto está bueno, tome, tome pelao, hágale con confianza, eso es lo que a usted le hace falta, tomar guaro como un verraco a ver si deja de pensar guevonadas. ¿Una banda? No jodás, ¿a vos que te pasa? Hágale, tómese un chorrito que lo va a necesitar para hacer la vuelta que le encargamos.

 

Desde el otro extremo de la cuadra emergía una pareja que lentamente se acercaba. La abundante cabellera de uno de ellos apenas dejaba ver el logo de Metallica estampado en su camiseta. La chica caminaba desafiante y tranquila gracias a la seguridad que le imprimía la estampa de su compañero.

 

Rodrigo fue el primero en percatarse de su presencia. Desde la lejanía les lanzó una mirada furiosa. “Malparida - pensó - no le bastó con mandarme pa´ la puta mierda sino que pa´ acabar de ajustar se tenía que meter con un metalero.... Perra hijueputa.“
Sus compañeros no tardaron en divisar a la pareja, comprendiendo que la hora cero por fín había llegado. Johny tenía todo calculado, aquella era su noche, hoy firmaría su boleto de entrada al clan al que siempre soñó pertenecer. No podía fallarles, sin titubear apretaría el gatillo una vez la pareja pasara frente a su esquina, frente a su parche.


- Listo pelao, vamos a enseñarles a respetar a ese par de malparidos, nadie se mete con nosotros y pasa tan orondo por nuestro territorio. Dizque ponerle los cuernos al viejo Rodri y pavonearse con su nueva mascota frente a mi amigo, mucha perra esa hijueputa! Vamos a ver si nos probás finura, vamos a ver si tenés las guevas de apretar el gatillo.


Sus pasos se escuchaban cada vez mas cerca con el transcurrir de los segundos, sus rostros se hacían cada vez mas nítidos, las miradas se cruzaban con mayor intensidad. Ella observaba de reojo a Rodrigo con un aire de burla en su expresión, sabía que así le destrozaba el corazón, de esa manera lo volvía una mierda y eso le producía un gran placer. Rodrigo sólo atinaba a devolverle una mirada cargada de rencor que le salía desde lo mas adentro de su pisoteada alma.


De pronto la escena se congeló durante un instante en medio de un silencio eterno. Los dos bandos se hallaban por fin frente a frente; el mechudo y la novia miraban descompuestos un garabato recién dibujado en la pared, Rodrigo continuaba lanzando rayos a través de sus ojos, el de la cresta verde miraba a Jhony con escepticismo y el muchacho tenía el dedo justo en el gatillo.


La escena se descongeló con un movimiento brusco realizado por Jhony. El chico hundió el botón de “play” de la radiograbadora que habían dispuesto para la ocasión. Un parlante acondicionado al reproductor amplificó el ensordecedor sonido de una canción punk que se escuchó en todo el barrio: “... Ramera del barrio, no ensucies mi parche, que feo que huelen tus perfumes vaarioos, la boca te hiede casi a morteeecina, tus tetas caídas a naaaadieee retienenn ...” .

 

- Malditos punkeros, le dijo el greñudo a su novia.


- No les parés bolas, fresco, por eso fue que lo dejé.

Jhony había cumplido con su palabra, al apretar el gatillo había sellado su vínculo con el grupo de sus sueños. El de la cresta terminó de un sólo trago lo que aún quedaba en la botella. Rodrigo tomó su aerosol y escribió la fecha de aquella noche sobre la imagen de la calavera de pelo largo que había dibujado acompañada del slogan “Camila, perra hijueputa”

 

Fin

PALABRAS ENCADENADAS

PALABRAS ENCADENADAS

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

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-   Hace poco vi una excepcional película.  En el film se juega algo cuyo nombre es el mismo de la cinta “ Palabras Encadenadas”.  Se juega en parejas y empiezo diciendo una palabra cualquiera.  La otra persona debe replicar con una palabra que comience con la última sílaba de la que palabra que yo dije, y viceversa.  Quien no sea capaz de encontrar la palabra siguiente pierde.  ¿Quieres jugar?

-   ¿Y que apostamos?

-   Quien pierda debe cumplir el deseo de quien gane, sea cual sea.

-   OK, comencemos, dale.

-   OK, empiezo, la palabra es Ramal

-   Malparido

-   Doble

-   Blenorragia

-   ¿Estás jugando ó me estás insultando?

-   Ambas, y creo que perdiste porque no hay palabra que empiece por Gia

-   Es cierto, has ganado, ¿qué quieres?

-   Tu ausencia eterna

-   Eso es imposible, lo sabes bien, somos una única entidad, físicamente somos inseparables, somos hermanos siameses, estamos encadenados.

-   Gané la apuesta.  Toma tu arma y disparate en la cabeza inmediatamente.

-   Pero si lo hago también morirás, lo sabes bien.

-   Lo sé bien, toma el arma

EL CALDERISTA

EL CALDERISTA

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

Toda su vida estuvo expuesto a altísimas temperaturas.  El tiempo transcurrido al lado de las tres calderas de la papelera mas grande de la región hizo que les cogiera un extraño cariño.  Extraño porque nunca otorgó demostraciones de afecto, ni a su familia, ni a sus amigos, ni a sus mujeres.  Extraño porque cuidaba de las calderas como si fueran sus propios hijos.  – Es que estas calderas son el corazón de la planta – le decía a sus compañeros – y si falla el corazón se nos puede morir el gran sistema.  Roberto Zuluaga sabía perfectamente que su amor por los generadores de vapor nada tenía que ver con la continuidad de la empresa para la cual trabajaba.  Mas bien tenía relación con la continuidad de su existir.  Roberto sufría de un extraño mal que solo él conocía.  La temperatura de su cuerpo era demasiado baja y necesitaba pasar gran parte del día expuesto a temperaturas considerablemente altas para funcionar bajo normalidad.  Por esta razón fue que le pidió permiso a su jefe, hace ya mas de 20 años, para que una vez concluida su jornada laboral se le permitiera dormir en la zona de calderas.  Como su jefe lo estimaba, le dio la mencionada autorización, y aunque no entendió los motivos, la hizo extensiva de manera que se le permitía pasar todo el tiempo que quisiera dentro de la planta sin requerir mayores trámites.  Los vigilantes de la papelera aseguran que Roberto solo salía de la planta durante tres horas al día, en un período comprendido entre las ocho y las once de la noche.   Dicen que salía bien bañado y bien vestido, con una notoria expresión de ansiedad.  Dicen que regresaba ciento ochenta minutos después con un evidente gesto de satisfacción.  Algunos van más allá, afirmando que Roberto se dirigía sagradamente al pueblo para visitar a Petra Ivanova, la voluptuosa rusa que se había establecido desde hacía unos quince años en el tedioso Cartago y que nunca había aprendido a hablar español.  Roberto hablaba ruso, nunca se supo cómo ni dónde lo aprendió, pero lo que si se supo fue que aprovechó esta ventaja para entablar amistad con Petra.  Se dice que después de sus habituales visitas Roberto regresaba a la planta, saludaba secamente al operador de turno y se acostaba en el colchón que tenía ubicado al lado de la caldera mayor.  La radiación térmica lo energizaba y le proporcionaba las fuerzas suficientes para desarrollar las actividades del día siguiente.

El tiempo transcurrió y las condiciones económicas del país cambiaron drásticamente.  Ahora resultaba mas económico comprar vapor que generarlo.  Surgieron empresas que se dedicaban a producir y vender vapor a unos precios ínfimos.  La noticia no se hizo esperar.  Las tres calderas salieron de operación y Roberto Zuluaga fue trasladado a otra sección.  Dicen que desde entonces Roberto ha disminuido la frecuencia de sus salidas y que ha perdido el brillo característico de sus ojos, que se ha vuelto mas frío y retraído, y que busca trabajo desesperadamente en una compañía generadora de vapor.  Dicen que desde aquél momento se le dañó el genio a la rusa, que ha aprendido a hablar español y que ha ampliado su círculo de amistades.

EL ULTIMO ESPEJO

EL ULTIMO ESPEJO

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

 

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La niña sonreía frente al espejo al reconocer por primera vez el aspecto de su fisonomía.  Sonreía y sonreía hasta que dejó de hacerlo intempestivamente, horrorizada por la imagen que de repente apareció sobre la superficie vítrea.  Su cara ahora se adornaba de numerosas arrugas, su cabello había perdido el color y su mirada toda inocencia.  Rompió el espejo con ira intensa y de inmediato se transformó en aquella que minutos antes hacía gestos ante el último espejo que quedaba en aquél habitáculo. 

ORO Y MIERDA

ORO Y MIERDA

Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

 

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Lo que Hakan tocaba lo convertía en oro.  Lo que Sukur tocaba lo convertía en mierda.

Un día Hakan y Sukur se encontraron y se dieron un caluroso apretón de manos.

 

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