PARADA NÚMERO SIETE
PARADA NÚMERO SIETE
Por: Daniel Cardona
Aprender a perderse en una ciudad no es solamente una ciencia, es también todo un placer. Tu olfato es el único guía, tu instinto es tu mejor arma.
Cuando eres un extraño el sentido de la aventura cobra un singular significado. Arribar por casualidad a un parque desolado se convierte automáticamente en un gran descubrimiento. Sentarse en una de sus bancas es equivalente a tomar posesión de aquel desconocido dominio. Mirar hacia arriba y sentir el cielo demasiado cerca te imprime aires de grandeza y te anima a conquistar nuevos territorios.
Tomas al azar un autobús y te dejas llevar, premeditas bajarte en la sexta parada pero instantanamente cambias de parecer. Desciendes de la carabela en la número siete. Siempre te ha gustado ese número.
El autobús se aleja dejándote acompañado de tu abrigo de castor blanco y de una melodía placentera. Gaitas rabiosas escoltadas por un palmoteo incesante y un coro grueso pero alegre te invitan a presentarte. Te acercas. La puerta está abierta y te asomas sin ningún tipo de verguenza. Observas ese estúpido cortejo en el que todos gozan y bailan arritmicamente. Uno de ellos te detecta, desde lo lejos te estira un enorme vaso de cerveza en señal de invitación.
Te acomodas el albo abrigo, te das media vuelta y prosigues tu camino.
El hombre de la barba espesa se carcajea antes de vaciar su vaso de un solo trago.