LOST IN TRANSLATION
LOST IN TRANSLATION
Por: Daniel Cardona Ochoa
Estaba convencido de que iba a perfeccionar el incipiente francés que aprendí en Pereira apenas desembarcara en esta ciudad. Lo que no llegué a imaginar era que el viejito bonachón que nos arrendó el apartamento, un caluroso italiano que vive en el piso de abajo hace mas de cuarenta años, hablara una mezcolansa italofrancesa imposible de entender. Los vecinos vietnamitas solo agachan la cabeza cuando nos ven pasar y el chino de la tienda se enoja al percatarse de que no entendemos ni cinco de su elaborado mandarín. Nico, el enorme francés que me ayudó a subir treinta y nueve escalones con nevera, lavadora y estufa en hombros, me aseguró que su lengua no se parece en nada a la que se habla en esta parte del mundo.
La semana entrante comenzamos nuestras clases de francés. Todo el mundo nos ha dicho que estos cursos son vitales para nuestra supervivencia. No estoy muy convencido de ello. Los voy a tomar, claro, además son gratuitos. Pero no dejo de preguntarme si en este zoológico de arabes, rumanos, franceses, italianos, chinos, camboyanos y vietnamitas, a alguien se le ocurre hablar en la lengua gala.