CINECLUB CHAPLIN

CINECLUB CHAPLIN

 

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Por:  Daniel Cardona Ochoa

 

El tedio me abofetea. Intento ponerle la otra mejilla pero fracaso en el intento. No soy un Mesías, lo único que tengo de santo es mi apellido: Santamaría. Opto entonces por sacudirme del aburrimiento, del ritual de lo habitual, y me interno en el centro de la ciudad.

Entro a mi ratonera preferida pero no encuentro un solo roedor verdadero, todos los que hay son de aquellos que se las dan de gatos. Tengo un buen ojo para esas cosas, soy un caza – farsantes. Me ubico en la mesa de siempre y le doy inicio a mi deporte favorito. A mi lado, un tipo con cara de científico hace un esfuerzo enorme para hacer visible el título de su libro “Física cuántica avanzada”. Cumple con su propósito, hasta el mas miope podría leerlo. Miro a la pared para contemplar el afiche que mas me gusta encontrándome con la mirada cómplice de Chaplin, como queriéndome decir que a él tampoco lo engañan, que ese cara de pelota jamás calcularía la raíz cúbica de 27 sin la ayuda de su computadora portátil. Un gato, claro, pero sin botas.

Un rock and roll de los Stray Cats aminora un poco mi hastío. Me animo a cambiar de blanco. Mi objetivo es ahora la mesa de la izquierda. Tres barbudos malolientes que hablan sobre Marx se me antojan bastante creíbles. Falsa alarma. La llamada que le entra al lider del grupo los deja al descubierto. Un ring tone reggaetonnero emitido a alto volumen por su celular Motorola último modelo evidencia su condición de fraude. Esos gatos no sirvieron.
Concentro victorioso mi atención en el cartel de Búster Keaton. Su pesimista mirada confirma mis pensamientos. Cero esperanzas de autenticidad.

Los carteles de Chaplin y Keaton están demasiado cerca. Quien los haya colgado de esa manera lo hizo con doble intención. No entiendo por qué demonios insisten en comparar a estos dos monstruos. Es una estupidez declarar una guerra entre ambos, ante todo porque difícilmente se encuentran semejanzas entre ellos. La única, tal vez, es que los dos murieron cuando se acabó el cine mudo. Con la voz todo es menos abstracto y más real. Por eso sigo en silencio, mirando a mi alrededor, cazando farsantes.

Dos mesas a la izquierda se besan apasionadamente un par de tortolitos. Veo amor puro, sin mancha. Esta imagen me indica que soy un pesimista incurable y que algún día tendré que hacer algo al respecto. Su beso termina y se convierte en un fuerte abrazo. La chica abre los ojos y mira coquetamente al apuesto barman. Nada que hacer, los gatitos se dejaron quitar el cascabel.

Suena la alarma, señal de que la película comenzará en cinco minutos. El hombre del Quantum empaca su libro, los marxistas apagan sus celulares, la parejita se da un último beso y yo termino mi cerveza de un sólo trago.

Entro a la sala. Las luces se apagan, mi juego termina y la película comienza. Siete estatuillas garantizan una buena asistencia, y seguramente, una mediocre película. Hoy somos siete pelagatos, todo un record de taquilla para este distinguido teatro.
Eructo. Un leve olor a cerveza invade la sala.

Comentarios

Wow. Te quedo magistral este texto.


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