EL AMOR ES UN ARMA CARGADA

29 de diciembre de 2011 por mutantesenlatados

EL AMOR ES UN ARMA CARGADA

Daniel Cardona Ochoa

Camina como el chico de The Verve en el video de Bittersweet Simphony.  Porta chaqueta, pantalones y botas de cuero.  Su corazón luce igual, pintado de negro y envuelto en cuero.  Su mirada es un tanto desafiante y su andar algo irreverente.  Atado a su bota derecha esconde el pequeño revolver suizo que heredó de su padre el mismo día que se voló la tapa de los sesos.

El arma dorada no constituye su única herencia.  También están su afición por clavar mariposas con alfileres sobre la pared de su habitación y anotar frases sueltas en una libreta de bolsillo.

En su I-Pod se reproduce una lista de los Cure.  Es jueves y los jueves son sagrados.  Sólo The Cure, es uno de sus excéntricos rituales.  “Killing an arab” se mete por sus oídos para recordarle que el libro de Camus que sacó de la biblioteca está en retardo y que el monto de la multa es mas alto que el precio de un ejemplar nuevo.

La presión que ejerce el revolver sobre su pierna bombea la sangre hasta su cerebro para traerle de vuelta el eterno discurso de su madre.  “Atentar contra la propia vida es un acto de cobardía”.  Odia a su madre.  Su existencia se diluye en medio de cafés tan amargos como ella y de lamentos inútiles dirigidos a quien prefirió arder en lugar de apagarse lentamente.

Siempre ha estado equivocada.  No fue algo enfermo, fue más bien algo heroico.  Vivir más allá de los 25 es una vergüenza.  Hay que tener pelotas para pegarse un tiro.  Hemingway, Van Gogh y Cobain las tenían bien puestas.  Es lo de siempre, lo que para arriba es estoicismo para abajo es cobardía.

Tal vez sea una especie de código genético.  Tal vez un revolver suizo es la mejor arma para romper ese silencio que reina dentro de tu cabeza.

Saca un dólar del bolsillo de su chaqueta y lo deja caer en el estuche del hippie que toca algo inaudible con una guitarra recubierta de calcomanías pasadas de moda.  Los hippies siempre siguen de largo pero el rencor no hace parte de sus defectos.  Solidaridad con el gremio.  Sabe que tarde o temprano deberá recurrir a la misma estrategia cuando la caja esté descuadrada.

Entra al café Fobia y ordena un “opio en las nubes”, el único trago que bebe desde que su chica decidió recorrer su propio camino.  Se sienta en la mesa mas aislada y espera su bebida.  Su amigo le sirve el opio sin dejar de recordarle que está bebiendo demasiado, que es hora de dejar de perseguir fantasmas.  No responde, ya no sabe como decirle que se ahorre sus consejos pero ciertas personas son tan testarudas como una mujer preñada.  Bebe despacio.  El alcohol lo calienta un poco pero no se desprende de su chaqueta.  Hoy es jueves y los jueves son sagrados, su atuendo no admite modificación.

Saca la pequeña libreta en la que colecciona las frases que le gustan.  Relee las dos que hay en la última página: “Préstame tu peine y péiname el alma” de los Caifanes y “Once I saw Jesus on a turtle shell” de Kurt  Cobain.  Retrocede hacia el bolsillo de cartón de la contracubierta.  Extrae la fotografía algo curtida de una chica también envuelta en cuero que exhibe una sonrisa un tanto forzada.  Alguna vez soñaron formar una banda.  Tal vez fue solo una idea suelta en medio de una tarde de tragos.  Tal vez fue solo eso, una tonta ocurrencia elevada a la categoría de sueño. Voltea la fotografía.  Una frase de cajón acompañada de una carita feliz lo pone un poco mal.  Mira su reloj y termina su trago. Deja un billete sobre la mesa antes de guardar la foto y levantarse de la mesa.  Se despide del barman al pasar por la barra.  “Friday I’m in love” es el tema que lo acompaña durante las tres cuadras que lo conducen a la Biblioteca Central.  Mira con recelo al vigilante mientras saca el pequeño ejemplar de Camus de su bolsillo izquierdo.  Coloca “El Extranjero” sobre la banda sin fin que se come los libros en retardo.  Regresa por donde vino, esta vez ignorando al gigante que se encarga de conservar el orden en un sitio en el que el caos no existe.

Falta poco para el concierto.  Había jurado no verla nunca más pero los juramentos son un vestido de cristal.

Se toma su tiempo, no le gusta llegar demasiado pronto a un espectáculo.  La desesperación no es atractiva.  Hay que seguirle el juego a los cazadores y hacerles creer que eres una de esas presas demasiado veloces.

Camina sin afán en dirección al Metropolis.  El viento le roba el poco calor que le imprimió su trago.  Enciende un cigarrillo para espantar el frío.  Por alguna razón las vitrinas de los lujosos establecimientos le recuerdan la historia del veterano de Vietnam que entró a un restaurante bogotano para llenar de plomo a los comensales antes de clavarse una bala en el cerebro.  No es lo que pretende esta noche.  Habrá un solo disparo y será para él mismo.

Llega a la entrada.  No hay nadie afuera.  Desde allí escucha el coro de esa estrofa que alguien escribió para él.  Tal vez no lo sea pero las piezas encajan a la perfección.

El gorila de la entrada le recuerda que debe terminar su cigarro antes de entrar y que por su bienestar no debería ocurrírsele encender uno de ellos al interior del teatro.

Lo termina de una sola inhalación.  Deja caer la colilla al piso antes de ingresar.

Su corazón palpita un poco más rápido de lo normal.  Las ondas sonoras que golpean su pecho no tienen nada que ver con ello.  La ve a lo lejos, en medio del escenario, sentada sobre una silla demasiado alta, con la guitarra reposando sobre sus piernas, cantando el mismo tema que tatareaba en el parque aquella noche en que se conocieron.

Camina lentamente hacia la tarima en medio de una masa sudorosa que canta a todo pulmón esas tonadas pegajosas que tanto detesta.  Al llegar a la primera fila puede notar que sus curvas se han acentuado y que se ha blanqueado los dientes.  No están mal pero lucen tan artificiales como sus composiciones.

El final de la canción es seguido por un aplauso en extremo generoso, casi exagerado.  Siente un ligero alivio al sacar el calibre 38 de su bota derecha.  Es un pequeño placer, como el que se siente al acomodar la cabeza sobre la almohada o al recibir el chorro caliente sobre la espalda después de un día complicado.

La chica pide silencio.  El auditorio obedece mientras la observa con curiosidad.

- La próxima es tu canción, babe – le dice al conjunto de sombras que la mira expectante – ¿me acompañas? - agrega mientras coloca una guitarra adicional sobre la silla vacía.

Comienza a tocar esa melodía que ambos concibieron una tarde fría en la que la tensión comenzaba a hacerse insoportable.  De verdad quisiera subir y agarrar la guitarra, jugar al rock star durante cinco minutos antes de tomar su 38 y volarse la cabeza en frente de ese público que no le pertenece.  Pero esta no es su noche, ni su público.  Ella tampoco es suya, hace mucho que la perdió y un balazo no la traerá de regreso.  O tal vez no se trate de eso, tal vez haya que tener las pelotas de Van Gogh, Hemingway o Cobain para pegarse un tiro.

Sale de allí maldiciendo la versión ligera en la que quedó convertida una de sus preciadas creaciones.  Enciende un cigarro antes de atravesar la puerta del teatro.  El gorila lo mira con cara de asesino pero parece no querer desgastarse con alguien que va de salida.

Abandona el lugar con mirada desafiante y caminar irreverente, a la manera del chico de The Verve en el video de Bittersweet Simphony.

ROSTROS OCULTOS

23 de diciembre de 2011 por mutantesenlatados

ROSTROS OCULTOS

Daniel Cardona Ochoa

Me rasuro por última vez frente al diminuto espejo ubicado sobre el orinal. Quiero abandonar mi celda con un rostro limpio y una sonrisa fingida.

Mientras la cuchilla remueve los pelos que me acompañaron durante cuatro años mi cara va tomando esa apariencia delicada que nunca ha hecho juego con mi temperamento.
Tomo la toalla colgada del mismo clavo del que pende un Cristo sordo. Me seco la cara con pasimonia mientras repaso una y otra vez lo primero que haré al salir de este agujero.

Rejuvenezco un par de años. Nunca había usado barba hasta ingresar a este sitio. A Sara no le gustaba, decía que además de lucir viejo y sucio también perdía mi identidad. Estaba convencida de que era una estrategia para ocultar las cicatrices que me dejó el acné. No estaba en lo cierto pero cuando eres mas obstinado que un carnero viejo la palabra razón no hace parte de tu vocabulario.

Desde que entré a esta celda comencé a dejarla crecer. Tal vez quería camuflar mi verguenza bajo la masa de vellos.

Sara solía decir que la vida es tan corta como un orgasmo y que por eso hay que vivirla de manera apasionada. Sara es de esas chicas que utilizan frases estúpidas para tratar de convencerte de que la monotonía no es algo propio de su existencia.
La verdad es que ella nunca ha estado en una cárcel y jamás entenderá que en prisión los instantes no existen, que cada segundo es una eternidad y que los orgasmos son solitarios y dolorosos.

Mi compañero de celda me alcanza una pequeña figura tallada en madera. Se trata de un amuleto haitiano para alejar los malos espíritus. Me da un abrazo sincero y un consejo que no le he pedido.

Sara no sabe mentir y por eso nunca lo hace. Por eso su franqueza es tan dolorosa, porque a veces te gusta que te mientan, que te digan que eres lo que siempre han soñado, que te aman y que darían la vida por tí. No estás preparado para escuchar que otro te ha reemplazado, que la magia se ha terminado o que la vida sin tí puede continuar.

Me dijo que era el final y me volví loco. Bebí como un vikingo a lo largo de una noche tan negra como ese pensamiento que se escapó de mi cerebro para cambiarme el nombre por un número de cuatro cifras.

El carcelero abre la puerta y me invita a salir. Antes de hacerlo le recuerdo al haitiano que ya sabe donde encontrarme cuando le llegue su turno. Su sonrisa denota esa tristeza propia de los que han perdido toda esperanza. Abandono el lugar intentando llevar la frente en alto pero ciertos recuerdos pesan demasiado y te obligan a mirar al piso. Camino junto al centinela a través de un pasadizo estrecho bordeado por unos barrotes tan fríos como las almas que se encuentran detras de ellos.
Algunos chicos me desean buena suerte, otros me ignoran en un intento por camuflar su frustración y unos cuantos me lanzan insultos cargados de envidia.

Llego a la puerta. Nadie me espera. El centinela me entrega la bolsa en la que deposité las pocas pertenencias que traía cuatro años atrás.

- Cuídate la espalda – me recuerda a modo de despedida.

Tiene razón. Aunque acabo de abandonar un nido de ratas, afuera solo me esperan miradas hostiles.
Saco el viejo abrigo de la maloliente bolsa. Me sienta bien pero huele a viejo, a encerrado. Fue un regalo de mi padre. Me lo dió la última vez que lo vi con vida. Con vida porque después de aquel abrazo he vuelto a verlo; acostado en un ataúd de madera barata, dando vueltas en mis sueños y contando chistes malos en medio de recuerdos perdidos.
Estrecho la mano del carcelero. Una estúpida sensación de nostalgia me invade.

Estoy congelado. El termómetro digital sobre el semáforo marca cuatro grados bajo cero. Camino en dirección contraria a ese viento enfermo que me azota sin clemencia. La imagen de la chica que nubló mi cordura monopoliza mis pensamientos.

Aquella noche bebí como un vikingo. Caminé hasta su casa y trepé con dificultad el viejo árbol que adornaba un portón bastante pretencioso. La espera fue corta. Un chico demasiado joven no tardó en aparecer. No llevaba un ramo de flores ni una caja de chocolates. Unos jeans rotos a la altura de sus rodillas y una sonrisa orgullosa parecieron ser suficientes.
Alguien como él jamás la habría hecho feliz. La usaría, le metería un par de sacudidas y luego se evaporaría.

- Tal vez eso era lo que tu Sara anhelaba – me dijo alguna vez el haitiano.

El chico tocó a su puerta. Ella sonrió al abrirle y lo besó con ganas. Sin despegarse de sus labios lo arrastró hacia adentro.
La espera fue larga. Un chico demasiado joven tardó en reaparecer. Salió de la casa arreglándose su correa. Eso y una sonrisa orgullosa me dijeron que se la había sacudido como Dios manda, que la vida es tan corta como un orgasmo y que por eso hay que vivirla con intensidad.

Observo con envidia las caras sonrientes de las chicas play al interior de autos fancy dotados de aire acondicionado y música acondicionada y novio acondicionado.
Sara no es una chica fancy. A veces pienso que sus pensamientos son acondicionados, nada que ver con los míos, tan erráticos, tan aleatorios.
A veces pienso que Sara fue demasiado franca y la sinceridad en extremo puede ser mas dolorosa que una mentira. No se trata de camuflar la verdad, se trata de presentarla de una forma digerible. Puedes comerte un gato siempre y cuando esté frito. Crudo no entra.

Salió de la casa arreglándose su correa. Salté del árbol como un gato crudo y lo seguí un par de cuadras. Su cabello largo funcionaba con su chaqueta de cuero y sus jeans agujereados. Marcaba sus pasos con el brazo derecho y balanceaba su cabeza con esa vanidad propia de los vencedores.
Aceleré y le propiné el botellazo. En las películas suceden dos cosas cuando golpeas a alguien con una botella. O la víctima se desmaya o la botella se rompe. Ni lo uno ni lo otro. Tal vez haz había bebido demasiado y no le conecté el golpe como lo hacen en las películas. El chico alcanzó a reincorporarse. Me miró con expresión errática, medio perdido, tratando de darle sentido a lo que estaba sucediendo.
Era bello en verdad. Lucía una barba insípida que no lo hacía lucir ni viejo ni sucio. Tal vez ocultaba cicatrices dejadas por el acné pero seguro que aquello tenía a Sara sin cuidado. Aproveché su estado groggy y le vacié el contenido de la botella en el rostro. El olor a quemado fue insoportable. Sus gritos también.
Aquella no fue la última vez que lo ví con vida, porque el chico no se murió. Igual esa no era la idea. Lo volví a ver en el juicio. Portaba una venda que le cubría el rostro y unas gafas polarizadas que hacían juego con su chaqueta de cuero. También lo he visto dando vueltas en mis sueños, tirándose a Sara como lo hacen las criaturas salvajes en el Discovery Channel.

Acelero el paso y me meto en el viejo sitio de comidas rápidas.
Es un antro barato de esos que se acomodan a mi presupuesto, con clientes congelados y solitarios incapaces de costearse autos fancy y novias de dientes perfectos. Me situo al final de la línea. La cajera despacha cafés malolientes a un ritmo tan enfermo como los pulmones de quienes los toman.

- Sencillo o doble – me pregunta
- Quisiera hablar con Sara un segundo – le digo

Un grito agudo dirigido a la cocina es la respuesta a mi petición. Le sonrío a la chica a modo de agradecimiento pero al parecer no le caigo en gracia.

Miro hacia la cocina y la veo salir. Porta una venda blanca que cubre la totalidad de su rostro. No porta gafas polarizadas. Sus ojos desnudos me miran con esa expresión que se ubica a medio camino entre la tristeza y la rabia. Una jarra de café hirviente baila en su mano izquierda al ritmo del temblor que invade su cuerpo. Quiero que vomite una de sus frases estúpidas pero no hay palabras ahora y no las habrá jamás. Coloca la jarra sobre el mostrador y se lleva su mano a la cara.

Su venganza es esa venda que está a punto de quitarse en silencio. Salgo antes de que termine. No quiero ver lo que hay debajo.

EL QUINTO ESCARABAJO

22 de noviembre de 2011 por mutantesenlatados

EL QUINTO ESCARABAJO

Daniel Cardona Ochoa

- ¿Cambiar de rumbo cuando todo marcha a la perfección? Perdónenme pero es estúpido, es una locura! Siempre hemos hecho música alegre, las chicas nos aman, lloran de histeria, sus novios les compran cada uno de nuestros discos, nuestros bolsillos están llenos …. ¿pero qué diablos les pasa? todo el mundo está feliz!

- No es suficiente Paul – dice George encendiendo un cigarro.

- Es cierto Paul, no todo el mundo está feliz, tal vez tú y las chicas lloronas lo estén, pero nosotros, nosotros no lo estamos Paul – agrega Ringo sin mirarlo a los ojos.

- ¿Me estás diciendo niña llorona?, ¿me estás llamando niña llorona? – replica Paul desencajado.

John afina en silencio su guitarra. No participa de la discusión, hace rato decidió no cruzar palabra con el niño bonito. Comienza a tocar una tonada algo extraña, un poco depresiva, nada que ver con lo que venían haciendo hasta ahora. Es su forma de retar a Paul, de decirle que la conversación ha llegado a su fín, que puede tomarlo o dejarlo, pero que el rumbo del grupo será otro a partir de este momento.

- Pero .. ¿se han vuelto locos?, tenemos la fórmula mágica, ¿se imaginan lo que sucedería si Coca Cola cambiara su receta? - dice Paul en un desesperado intento por convencerlos.

- Tal vez nadie la bebería, Paul, pero queremos tomar el riesgo – contesta George.

- ¿Tomar el riesgo? El exceso de alucinógenos les está fritando el cerebro. No puedo creerlo - dice Paul mientras le lanza una mirada mortal a John, quien sigue tocando la melodía que lo está volviendo loco.

George toma su guitarra y Ringo se sienta detrás de su batería. Se unen a su lider en aquella melodía gris. Abandonan a Paul. Solo es cuestión de tiempo.

Saben que no le queda mas opción que vomitar su rabieta y regresar a ellos. Siempre ha sido así y está no será la excepción.

- Trío de dementes! – les grita hecho llamas antes de destrozar su bajo contra la pared y abandonar el estudio.

El portazo se escucha en todo el edificio. John sonríe, sabe bien que el control le pertenece. Para ser el jefe no hay que armar ese tipo de escándalos, lo único que consigues es que te pierdan el respeto. Tal vez hasta uno de tus mejores amigos llegue a verte como una niña llorona. Tal vez hasta un día te lo llegue a decir en tu propia cara.

Paul abandona descompuesto el edificio. Su rostro ya no es el del niño bonito con sonrisa de ángel. Se dirige al parqueadero mientras saca las llaves de su Aston Martin. Arranca a toda velocidad nublado por el odio. Detesta a John. Nunca fue su amigo pero hasta ahora se había comportado de manera inteligente. ¿Cambiar de rumbo? Paul simplemente no le da crédito a lo que está sucediendo, hay que ser demasiado estúpido para querer hundir el Titanic.

Acelera, a lo lejos ve un semáforo en verde. No se da por vencido, debe mover cielo y tierra para evitar tal catástrofe, hablará con los productores y los convencerá de que un cambio como el que está orquestando John los llevará a la bancarrota. Cuando tocas los billetes de los grandes señores, no hay John Lennon que valga, esto es un negocio y aquí se trata de multiplicar los panes, no de terminar crucificado.

Se acerca al semáforo, la luz cambia a amarillo y cuando tienes un Aston Martin estás seguro de que llegarás a tiempo. El problema es que Paul nació para cantar y no para conducir. El problema es que las vidas íntegras no reciben necesariamente su recompensa. El problema es que los camioneros borrachos pueden creerse los dueños de la vía. El problema es que cuando un camión embiste a tu auto deportivo quien sale perdiendo eres tú. El problema es que ahora no necesitaras fingir de nuevo esa estúpida sonrisa de ángel.

……………………………………………………

- John, tienes una llamada del jefe – dice uno de los técnicos a través del micrófono.

Jhon deja su guitarra y camina con parsimonia hacia su teléfono privado. Hay que hacer esperar al “jefe”, de otra forma siempre te verá como un borrego ciego.

Ringo y George se detienen. El uno enciende un pequeño cigarro y el otro se recuesta en el sofá de terciopelo negro que les regaló Andy Warhol. Cada uno observa a lo lejos el rostro de John. Se le ve un tanto preocupado. Parece que algo anda mal.

John escucha, parece estar recibiendo instrucciones. Tan solo asiente, como lo hacen los capitanes de un equipo de fútbol al recibir las órdenes de su director técnico. Cuelga. Regresa. Se sienta en el sillón junto a George. Enciende un cigarrillo y le hace una seña a Ringo para que se acerque.

- Paul se ha ido – les informa en tono tragicómico

- Ya volverá – contesta Ringo – siempre hace lo mismo.

- Escucha bien Ringo: Paul se ha ido, para siempre - repite John – un camión arrolló su Aston y lo mandó al cielo de los diamantes.

- Vaya pérdida – se lamenta George

- Sí, era un bonito auto – ironiza John.

- La cagamos, John! la cagamos! – alcanza a balbucear Ringo en medio de un llanto demasiado forzado.

- No, Ringo, no la cagamos. Paul lo hizo, Paul la cagó - contesta John.

- ¿Y ahora? – pregunta George

- ¿Y ahora? – responde John – Ahora vamos a enterrarlo y después lo vamos a resucitar.

- ¿Qué hongo te metiste John? – dice Ringo un tanto histérico – ¿Vamos a resucitarlo?. Pensé que lo de Jesucristo era algo para provocar a los medios! te estás pasando amigo, te estás pasando!

- ¿Recuerdan a Campbell? – pregunta John con tono sobrador.

- ¿Campbell? ¿Te refieres a William Campbell? – replica atónito el chico de la batería.

- El mismo. Es cuestión de perfeccionar su estúpido acento canadiense y retocarlo con un par de cirugías faciales. Nadie notará la diferencia.

- ¿Pretendes que sustituyamos a Paul? – dice George con expresión de incredulidad

- Es lo que propone el Servicio Británico. La muerte de Paul puede generar una ola de suicidios en masa. El costo para la industria musical será incalculable. Y no solo eso. Ya saben lo que significaría para nosotros.

- El fín – sentencia Ringo.

- Todo el mundo lo notará, John. Es una locura! Campbell mide 15 centímetros más que Paul – acota George – ¿Y que me dices de Linda?, ¿pretendes que Campbell se tire a su novia?

- Si tiene 15 centímetros mas de estatura, Linda no se molestará, seguramente lo de abajo también será un poco mas largo – bromea John.

- Todo el mundo se dará cuenta, John – insiste George.

- No, nadie quiere a su ídolo muerto, ni siquiera para convertirlo en mito. En eso nos diferenciamos del resto de los mortales, somos leyendas vivientes, no necesitamos morir para pasar a la historia.

- ¿Y el talento, John? ¿Y el talento?

- Vamos Ringo, el único talento de Paul era sonreir como una nena, mostrarle al mundo sus blancos dientes y mover la cabeza de un lado al otro como una bola de ping pong. La gente ve lo que quiere ver y oye lo que quiere oir. ¿Acaso alguien nos escucha en uno de nuestros conciertos? Saben bien que no, los alaridos de las “niñas lloronas” opacan nuestras voces. ¿Recuerdan aquella vez en Manchester? pues esa noche lo único que hice fue modular, abrir y cerrar la boca sin emitir una sola sílaba.

Los tres guardan silencio. Saben que la decisión ya está tomada y que ellos no han sido consultados, tan solo “informados”.

……………………………………………………..

- Bienvenido Bill – saluda John – ya lo sabes, a partir de ahora has dejado de ser William Campbell. A partir de ahora has dejado de ser el doble de Paul. A partir de ahora “eres Paul”. Diablos, la verdad pareces su hermano gemelo, tal vez un poco mas guapo. Despidete de tu vida de fracasado y entra en la historia. Ahora, a trabajar, el show debe continuar. A tocar.

Bill Campbell le guiña el ojo y toma su bajo.

- Brazo equivocado Bill, ahora eres zurdo, que nunca se te olvidé - dice John mientras comienza a tocar aquella melodía triste con la que despidió a su “amigo” la tarde del accidente.

- Oye John, ¿no te parece que deberíamos probar algo mas alegre? – interrumpe Paul

Ringo y George esperan con expectativa la reacción de John ante semejante sacrilegio. Tal vez Campbell no haya debutado de la manera mas afortunada.

- ¿Sabes qué amigo?- responde John – Creo que tienes razón. ¿Por qué cambiar de rumbo cuando todo marcha a la perfección?

La melodía se transforma en un himno alegre que los lleva a mostrar una sonrisa de ángel mientras mueven sus cabezas de lado a lado como una bola de ping pong.

PINK

17 de noviembre de 2011 por mutantesenlatados

PINK: Una película demasiado fresa.   (fragmento)

Daniel Cardona Ochoa

Si el tamaño del alma fuera proporcional a las dimensiones del cuerpo, el espíritu de Alice le daría sombra al terreno del estadio de Wembley. 

Tiene piernas gordas y usa jeans ajustados.  Porta camisetas demasiado anchas y sus gafas son un artefacto tan extraño como ella misma.  Su corazón anhela aquello que a otras les sobra.  Tal vez haya pasado demasiado tiempo sola pero la falta de afecto no le ha arrebatado las esperanzas.  Está segura que llegará el día en el que un chico raro, tal vez un emo, tal vez un hipster, observe en ella lo que a los otros se les hace imperceptible.

Mientras aquel chico aparece debe conformarse con su única compañía, el libro de turno que entretiene su soledad y camufla su melancolía.  Ayer fue “Un beso de Dick”, hoy es “Opio en las nubes” y mañana uno de los tantos que adornan su biblioteca.

Alice es nueva en el pueblo, no conoce bien el territorio y su afición consiste en explorar cada pequeño rincón de este lugar perdido. 

Sus días los llena con pequeños rituales.  Sus duchas son largas y calientes, deseos ocultos y autosatisfacción las prolongan.  Imagina que aquella barra de jabón es la mano ansiosa de un amante bandido.  Relaja sus ganas mientras se promete de nuevo comenzar una dieta que incremente sus posibilidades de situarse en la línea de fuego.  Cierra la llave y se seca con una toalla demasiado grande. 

Evita el espejo, ese objeto malvado que cuando la mira le recuerda que soñará eternamente las mismas cosas.

Entra en su cuarto y lanza la toalla sobre su cama.  No cierra la ventana.  Alberga la sucia esperanza de despertar las bajas pasiones de un mirón desprevenido.  Se viste despacio.  Se acomoda lo único que ha tocado su pecho, unos resistentes brassiers color curuba.  Luego unos calzones enormes que se resbalan por sus muslos hasta encajarse en esa zona que solo sus propios dedos han explorado.

Se dirige a la ventana.  Echa un vistazo al parque.  A esta hora es lo mismo de siempre, viejitos caminando con sus perros de compañía y uno que otro fanático trotando alrededor de un lago aburrido.  Es demasiado temprano para observar parejas comiéndose a besos o niños corriendo detrás de una pelota de letras. 

Toma un CD al azar, mira la carátula, la chica de “The Divinyls” para decirle que la autosatisfacción no conlleva verguenza.  Alice se quedó anclada en los ochentas y aunque eso puede jugar en su contra no le interesa en lo absoluto salir de ese agujero del tiempo.

Canta “I touch myself” mientras se pone una holgada camiseta de Guns and Roses y unos jeans que se resisten a subir a través de sus anchas piernas.  Pierde la lucha por cerrar el botón a la altura de su ombligo.  No le queda otra opción que dejarlo abierto, igual no importa, el cañón de la pistola que adorna su camiseta oculta este detalle de manera perfecta.  Se coloca los viejos Converses que soportan su peso y unas gafas cuadradas con las que pretende acentuar la redondez de su cara. 

Sale de su cuarto y baja una espiral de escalas que cruje demasiado bajo el influjo de sus pisadas.

- Quién es mi princesa hermosa? – la saluda su padre lanzándole un beso desde la cocina.

Alice responde con una sonrisa que engendra al mismo tiempo sentimientos de cariño y reproche.  Ya es hora de que la deje de ver como la pequeña que se aferraba a sus piernas en uno de sus típicos ataques de celos cada vez que intentaba bailar con la novia de turno. 

Su padre abandona un plato sobre la pequeña mesa.  Huevos, tostadas y salchichas no constituyen precisamente la dosis de calorías que Alice necesita pero el instinto paterno a veces funciona de la manera equivocada.

Aunque el jugo de naranja no le disgusta lo cambia por una lata de Cocacola.  Es una de las pocas cosas que su padre intentó corregirle pero es un hombre flexible con los pequeños vicios.  Come con ansia después de acomodar en su sitio la corbata del único hombre que muere por ella. 

Su desayuno no tarda demasiado en desaparecer del plato, su apetito no conoce mesura.  Se levanta, deja el plato sobre la mesa y regresa a su cuarto.  Las rodillas le duelen al subir las escalas, la falta de afecto no es el único costo del sobrepeso. 

Entra a esa habitación en la que la imagen de Bon Jovi le sonríe desde la pared y la de su madre desde un pequeño porta-retratos acomodado sobre su caja de Cds.  Mira con nostalgia la fotografía de esa mujer a quien solo le heredó sus ojos.  Es todo lo que no es, un ser delgado y hermoso que pudo destruir el mundo con tan solo una sonrisa.

Apaga la grabadora, toma el libro que la ha acompañado durante las últimas noches y se acomoda los audífonos de su MP3 en sus puntudas orejas.

Dirige un último vistazo al solitario parque antes de cerrar la ventana y abandonar su pequeño universo ………….

(El anterior es un pequeño fragmento de la novela en la que actualmente estoy trabajando)

Impossible Hopes

12 de octubre de 2011 por mutantesenlatados

Picture: Martin Monsalve S.

IMPOSSIBLE HOPES

Daniel Cardona Ochoa

The concert ends. Drunk people leave the bar singing the themes of the looser band that shook the night. Hundreds of bottles of beer, some whole, some in pieces, decorate the Foufoune dance floor, a legendary bar where Nirvana once played when they also were a looser band.

Andy walks unsteadily with his tool, a plastic box destined to accommodate the bottles dispersed around the place.  From time to time luck smiles at him and he finds a remnant of alcohol inside the opaque containers, drinks the contents in one gulp and continues his task.  

He looks sloppy, his long hair does not know the existence of shampoo, his beard seems too thick and his clothes smell like a dead cat.

He picks up the last piece of glass and sits on the bar, next to a young man with expensive shoes and italian accent.

- You stink, you need a shower – says Vittorio, the owner of the bar, before giving to him a pair of bills.

- Water is for them fucking plants – Andy says with his typical irreverent pose

His day is over. Andy leaves the Foufoune without saying goodbye. He accommodates a dirty backpack on his back, takes his old bicycle and pedals up toward the Cactus, a seedy bar that opens its rusted doors until dawns.

It’s just a small station, a cold beer to ward off the fatigue. His friend Satri waits for him at Deadcat Café and we should never make friends wait, especially when they are experiencing one of those bad times.

Satri is the only friend he has in this fucking place and that is what friends are for, to take care of your back, or at least to put their own fingers in the same fire where your hands are burning .

The gorilla guarding the entrance looks at him with a murderer face.  He “requests” to show him what’s in the backpack.

His breath makes Andy dizzy. A gorilla only needs his arms, that is enough, he does not need brains nor good looks, a murderer fist and the smell of death are the perfect weapon to keep ghosts away and put the enemy off.

The gorilla opens the bag of the usual and not always welcomed visitor. He put his big hands between the Jim Morrison poem’s book, the case of Italian glasses that Vittorio gave him a few years ago and the DVD of Depeche Mode he has heard ad nauseum.
After wallowing his belongings the animal gets out of the way and lets him go.

Andy passes close to the table where Alanis is drinking a glass. Her skirt is an invitation to rape, but he ignores her, walking past in the direction of the bar.

He sits at the end of the bar, lights a cigarette and hums the theme that hits his ears, The Passenger by Iggy Pop.

The music is too loud. Almost crying he orders a bottle of Corona to the bartender. She drops the knife that cuts off green lemons and turns. Turns again and places the bottle in front of his face. She knows him too well and serves him on the condition of not getting into trouble tonight.

Andy looks at that leather-wrapped human being from head to toe, suspicious cat eyes, punk hairstyle, sharp nails and that unreadable Celtic inscription on her back.

He leaves her a two dollar tip. She smiles falsely getting the coin in her pocket before reminding him again that this night he must behave well.

She returns to her knife, her lemons. She sensually dances under the Iggy notes. Her sharp knife is an extension of her evil nature.

For the first time she turns her eyes and moves her lips. The music is too loud and she knows it. That is part of her game, her twisted nature.

Andy points a finger to his ear to make her understand that while he would rip her lips, he is not trained to read them.

She takes a pen and writes on a napkin. “What do you want to listen?”
What he would like to hear is her voice whispering in his ear but he knows that her question has other connotations.

Closer” by Nine Inch Nails is what he writes on the same paper.

The girl lifts the thumb as “everything fine baby”.  She turns and Andy stares at her back while she searches for the CD of the band from Cleveland.

Andy takes the napkin. Looks again and again at her handwriting. The notes of NIN hit the walls of the Cactus with its erotic notes. He writes her something while he watches her dancing to his favorite song.  Andy tries to give her back the napkin but something tells him that is not a good idea.

Andy drinks a huge sip, this is one of those nights when the thirst is trying to kill him. He holds the beer an instant in his mouth.  He does not know why.  You are not supposed to do mouthwashes with your beer.  He opens the valve and lets the beer settle in his stomach. It is an evening with the smell of Corona, lemon, loneliness.

He would like to exchange some few words with the bartender but this bar is not designed to talk. The volume of the music condemns communication to sign language, drowning any possibility to spit his wishes, to throw his thoughts.

Here music reigns over words. People must only observe the bottle of beer and watch that vulnerable girl hidden behind a sharp knife. This bar is not designed to discuss and perhaps she neither. Maybe that’s why Andy frequents this place because no one likes to hear the speech of a stranger whose existence depends on impossible hopes. This place is a temple where prayer is prohibited, where the goddess part lemons on the altar, where comfort is the last thing people can expect.

Alanis rises from the table. Takes her drink, walks to the bar and sits beside him. She stares at him without saying anything, is her way to provoke him. But that’s not the kind of provocation to which Andy succumbs. It’s an awkward silence, eternal. Andy does not lift his eyes from the bottle. Its Alanis who yields. Its she who breaks the ice.

- How was the concert? – The girl whispers to Andy’s ear while caressing his silver chain in an attempt to get a couple of words.

- As bad as one of your blowjobs- responds without getting his eyes of the bartender’s ass.

Andy’s lips distill enough poison to kill an elephant and Alannis has not yet developed such immunity. Andy finishes his beer and gets up from the bar toward the door.
  
A skin head at the other end of the bar yells at him “such a fag”.   Obviously he does not know him. The last guy who insulted Andy has not yet come back from coma. Andy ignores him, he promised to stay out of trouble. Besides his friend Satri awaits at the Deadcat and we should never make friends wait, especially when they are experiencing one of those bad times.

He leaves Cactus. The gorilla looks at him at the entrance with his usual aggressive face. Andy takes a last look inside. She sees Alannis flirting with the skin head but tonight nothing matters, only his friend Satri.

Looks at his watch; it’s later than he thought.

He takes his bike and pedals furiously.  Sweating beer and humming “The Passenger” he devours the deserted San Dennis, a street normally boiling with people at this time of the night.
Iggy’s theme is driving him mad, can not get it out of his head. Begins to sing really loud and accelerates his speed.

The green eye of the St Catherine traffic light and the appearance of a ghost car are the last pictures that his brain processes before fading to black.

EL AMOR ES UN PERRO SALVAJE

16 de agosto de 2011 por mutantesenlatados

EL AMOR ES UN PERRO SALVAJE

Daniel Cardona Ochoa

- “El mejor psicólogo es una botella de tequila” – me dijo aquel chico al ver impresa en mi rostro esa falsa sonrisa que mi corazón podrido intentaba dibujar sin éxito.

- “No es fácil simular un olvido” – prosiguió al abrir la botella – “los malos recuerdos se aparecen siempre en el peor momento para escupirnos en la cara“.

Tomé la copa y dejé que el tequila vivo quemara mi estómago vacío.  Pensé en sus palabras y traté de convencerme de que no eran más que un puñado de frases sin sentido, de que es posible ignorar un dolor o por lo menos enterrarlo en un agujero profundo de modo que se descomponga lentamente hasta perderse en el olvido.

- “Los fantasmas no existen, loco, estás muy grande para creer en ellos” – repliqué sin mucho convencimiento, alcanzándole mi copa para que la llenara de nuevo con esa pócima mágica que comenzaba a hacerme hablar más de la cuenta.

Los fantasmas si existen pero somos nosotros quienes vamos a su encuentro, no son ellos quienes salen de tu armario en medio de la noche para tomarte de las piernas y tumbarte de la cama, es nuestra naturaleza enferma la que se molesta al vernos tranquilos y nos sitúa en el borde de la cornisa para enfrentarnos con nuestros mas hondos temores y hacernos ver de que estamos hechos.

El chico llenó mi copa y guardó silencio.  Comprendió que toda palabra era tan innecesaria como inoportuna.  Caminó hasta su cuarto y volvió con la vieja guitarra que lo acompañaba durante las noches de tedio.  Bebió media copa antes de arrancarle una dolorosa melodía a las cuerdas de su instrumento.  Estuve a punto de romperme pero es mejor vomitar el corazón cuando se está solo.

- “Tengo que irme, loco” – le dije levántandome de la silla después de que la última nota le dió paso al silencio.
Me despidió recordándome que a los robles no los desbarata el viento.

Pensé que tal vez era cierto, que aquellos gigantes con piel de madera eran capaces de soportar los huracanes mas violentos.  Lo que el chico olvidó decir fue que lo que si logran hacer los feroces vientos es desprender la corteza del roble, despellejándolo, imprimiendole ese tipo de dolor salvaje que tuerce tu mente y destroza tus sueños.

DON’T CRY

16 de mayo de 2011 por mutantesenlatados

Don’t Cry
Daniel Cardona Ochoa

Zeta es una chica demasiado frágil y el escudo que usa parece tener problemas de fabricación. Ha llegado con quince minutos de anticipación a ese encuentro que nunca debió haber programado.
Pero Zeta es una chica demasiado testaruda y aunque sabe que estrellarse contra un muro de concreto es una fea manera de morir no parece interesarse en levantar el pie del acelerador.

Se sienta en la mesa de siempre y pide la cerveza de siempre.  Mira su reloj.  Siente que el tiempo no corre.  Intenta encontrar su rostro en la botella y la deformada imagen que se encuentra la pone un poco mal.  Se imagina que el chico que enfrentará en unos cuantos minutos la verá así, tan deforme como su corazón, tan vacía como sus bolsillos y tan seca como su alma.

Don’t Cry de Guns and Roses ambienta la noche. 
No quisiera llorar pero su corazón bombea lágrimas. Sus ojeras son la marca de una tristeza infinita.  Quiso hacer algo de magia con el maquillaje que nunca usa pero las cicatrices de noches en vela no son faciles de ocultar.

Quiso preparar un discurso perfecto pero un corazón podrido nunca podrá encontrar las palabras precisas. 

Mira su reloj.  La aguja parece permanecer en el mismo lugar.  El tema que Axl sigue cantando le baja la nota, la sitúa en ese modo depresivo que tanto trató de poner de lado esta noche.

- Tenés que ser fuerte, no te podés quebrar – fue el consejo que le regaló Anny, su mejor amiga.

Zeta le prometió que así iba a ser.  Pero las promesas, como los corazones, están hechas para romperse, especialmente cuando la sangre ebulle y la guardia está baja.

Tararea la melodía mientras mira su reloj.
Give me a kiss / before you tell me goodbye / don’t you take it so hard now / and please don’t take it so bad / I’ll still be thinking of you / and the times we had … baby / and don’t u cry tonight
Cierra sus ojos y se transporta a esos lugares en los que la magia se conjuró a su favor.  Aunque trata de convencerse de que a veces lo que mas duele resulta ser lo mejor se maldice por el rumbo que tomaron las cosas.  Ese chico de cabello largo y sonrisa perfecta se apareció en su vida para enseñarle que aunque los sueños existen las alarmas te despiertan para recordarte que es hora de volver al mundo real.

Abre los ojos.  La imagen del chico de sus sueños la saluda con ese tipo de sonrisas que encierran un dolor profundo.  Su cabello se antoja un tanto mas corto y tal vez haya ganado un poco de peso pero su mirada aún conserva el poder de fulminarla.

Zeta quiso preparar un discurso perfecto pero un corazón podrido no es capaz de encontrar las palabras precisas.   Zeta juró que iba a ser fuerte y que no se iba a quebrar, pero las promesas, como los corazones, están hechas para romperse. 

Zeta irrumpe en llanto mientras el chico de sus sueños la toma de la mano y le repite suavemente, antes de partir, tal vez para siempre, aquellas dolorosas palabras que el rubio de Los Angeles ya le había metido a la fuerza por sus oídos para dejarlas clavadas en ese lugar que nunca jamás volverá a ser el mismo.

ALMAS TORCIDAS

20 de enero de 2011 por mutantesenlatados

ALMAS TORCIDAS

Daniel Cardona

 

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Karina se ubica en la entrada del teatro porno de la calle Santa Catalina. La punta de su cresta roja se posa justo en la A de la frase “All you need is punk” que decora su chaqueta. Porta botas de cuero con punta de metal y un ajustado jean con mas agujeros que un campo de golf.
Sus ojos rojos confunden; o es una chica que llora con facilidad, o el frasquito de Vispring se le ha terminado. Tal vez una cosa no excluya a la otra y el hecho de fumarte una hectarea de cannabis no impide que llores como una magdalena.

A su lado un par de chicos con pantalones apretados y facciones delicadas dirigen sin éxito lascivas miradas a clientes potenciales.

Es un mal día. Hace frío y aunque un teatro porno es un buen lugar para calentarse parece que las almas torcidas se han decidido por liberar sus demonios frente a la pantalla del computador.

Karina piensa en cambiar de sitio. Tal vez cuente con mas suerte en el Parque San Antonio. Aunque allí la clientela nunca es de fiar, no falta quien quiera meterle una buena sacudida.
Arroja el cigarro al piso y lo aplasta con sus botas de cuero. Intenta despedirse de los chicos que la acompañan pero decide detenerse al detectar que el tipo del abrigo disminuye gradualmente su velocidad al acercarse al teatro.

El hombre observa detenidamente el culo de los muchachos. Karina nota la erección en la parte delantera de su pantalón y se maldice por la cantidad de maricas que proliferan en esta ciudad. “Están acabando con el negocio” – se dice con rabia.

Toma su bolso y parte hacia el parque.

- Espera – le dice el extraño
- Aja – reponde Karina con expresión sorprendida
- ¿Cuanto cobras?
- Depende

Los chicos observan con envidia como el hombre le entrega cuatro billetes de los grandes antes de entrar al teatro.

- Pantalla hetero a la derecha y homo a la izquierda – les indica el gordo de la taquilla.

El hombre se adelanta tomando la dirección izquierda. Karina vacila un tanto. Se detiene un segundo y reanuda la marcha.

- Esa es la pantalla gay – le dice indignada
- Yo sé
- ¿Me va a culear viendo a tipos chupándose las mangueras?
- Ajá
- ¿Y por qué no escogió a uno de los dos putos que había afuera?
- No te pago por hacer preguntas.

Entran. La sala está semidesierta. Un viejo de unos setenta años se masturba en la primera fila excitado por la imagen de dos negros haciendo de las suyas en un baño turco.

Se sientan en medio de la sala, junto a la pared izquierda. El hombre se quita el abrigo quedando totalmente desnudo. Karina lo mira esperando instrucciones.

- Chupa – le dice tomándola de la cresta.

Karina cumple con la parte del trato. Diez minutos después, escupe un fluído blanco sobre la Coca-Cola ubicada el portavasos de su silla.

- Misión cumplida – dice Karina a manera de despedida
- Espero verte de nuevo – responde el hombre sin despegar los ojos de la pantalla y la mano de su aparato.

“Espero no verte nunca más, enfermo de mierda” – piensa Karina mientras sale de un teatro con olor a cloro y gemidos de gorilas.

Entra al baño. Hace un par de gárgaras con el barato jabón líquido que hay sobre el lavamanos. Se mira al espejo. Sus ojos están demasiado rojos, su cara tirando a esquelética. Siempre le ha temido a los espejos, a esos artefactos crueles que te gritan la fealdad de frente, sin clemencia.

Se acomoda su cresta y se echa un poco de agua en el rostro.

Sale del baño.

- Estuvo rapidito – bromea el gordo de la pantalla al verla salir
- A mi se me hizo eterno – replica Karina abandonando el lugar

Los chicos de los pantalones apretados siguen en el mismo sitio. La miran con algo de envidia. Critican el estúpido slogan de su chaqueta.

Karina los escucha y da vuelta. Patea con fuerza una lata de Seven Up que se topa en su camino.

- Solidaridad con el gremio – les dice entregándoles uno de los billetes – repártanlo entre los dos.

Continua su camino. Su estómago está vacío. Entra a la pizzeria de la esquina. El sitio está lleno. Los clientes la miran con recelo.
Pide una pepperoni con queso tamaño mediano y una cerveza.

- Necesito una documento de identificación – le dice un italiano en decadencia
- ¿Sabe qué?, cambiémela por una Cocacola – replica la chica

Paga con uno de esos billetes a los que no está habituada. Se sienta con su pedido en la única mesa disponible y devora su pizza. Come rápido, con ganas, casi con furia.

Frente a ella una elegante mujer le ayuda a su pequeña con un enorme helado. Ambas son hermosas. Una es lo que ella nunca fue, lo que nunca tuvo. La otra es lo que nunca será.

Su Cocacola es demasiado grande, debió haber ordenado el tamaño pequeño.
Observa cada mesa, el lugar es un derroche de felicidad, nada que ver con la desazón que reina en los antros que frecuenta.

Le da un último sorbo a su enorme vaso de Cocacola y se levanta de la mesa.
Camina lentamente, como queriendo prolongar su estadía en ese sitio al que no pertenece.

Al llegar a la puerta principal se topa con una figura conocida. Se trata del tipo del abrigo. El hombre le regala una falsa sonrisa. No dice nada y entra a la pizzeria con andar elegante.

Karina observa curiosa desde la vitrina. Observa como aquel tipo que eyaculó en su boca se sienta en la mesa de dos mujeres hermosas. A una la besa en la boca. A la otra la carga entre sus piernas.

Se retira de la vitrina y se regala un paseo nocturno a través de una ciudad torcida.

ENTRANDO AL VACIO

24 de octubre de 2010 por mutantesenlatados

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ENTRANDO AL VACIO

Daniel Cardona

 

Dejo el periódico sobre el asiento del helado vagón.  Un anciano decrépito me mira con gesto inquisidor, su mirada me hace sentir como el peor de los criminales.  Desciendo.  Mis manos están untadas de tinta negra y no me interesa que Elantra lo detecte.  Noto que mis uñas han comenzado a crecer, demasiado tarde, en este caso no hay detergente que valga.  A la vista la puedes engañar.  Al tacto … no.

 

No es mi mejor día, me siento algo sucio y mi cabello es un desastre.  Entro al café de siempre.  Le pido a la japonesa un capuchino pequeño.  Mientras lo sirve entro al baño y me limpio la tinta.  Un hilo de agua negra se pierde por el desague y pienso que de eso se trata todo, es como una revelación, somos entidades sucias que se están yedo continuamente a través de un sumidero para perderse en la nada, en el vacío, en la ausencia.

 

Salgo del baño.  Tomo mi capuchino y regreso a la vida.  La cafeína reactiva mi pulso y pone a trabajar mi cerebro.  Me hago mil preguntas sin sentido y encuentro varias respuestas para cada una de ellas.  La última opción siempre será la correcta “No sabe/No responde”. 

Me despido de la chica tras dejarle un par de monedas.  Diviso la línea de sospechosos habituales que esperan el autobús.  Elantra se ubica en el segundo puesto, el I-Pod siempre bombardeando sus oídos.  La conozco bien, algo de Ramstein o Evanescence debe ser lo que ahora la aisla del universo.  Alguna vez le dije que ella era 95% cabello.  Elantra es un cabello con lindas piernas y un corazón de hielo del que se desprenden afiladas estalactitas color escarlata.

 

Está mas hermosa que nunca, con la mirada mas perdida que nunca.

Me acerco, reviso de nuevo mis manos.  No hay tinta negra pero soy un paranoíco grado diez, siento que mis dedos huelen a periódico, que cada uno de los batracios acomodados en la línea escudriñan mi piel en busca de ese oscuro pigmento.

 

Elantra me observa, sonríe.  Se quita sus adífonos y me saluda un poco fría, un tanto distante.  Algo le sucede, algo no va.  Es un ángel y se le ven las alas heridas.

Le ofrezco un poco de café pero su estómago no está interesado en recibir visitas.  El bús se detiene frente a nosotros.  Entramos.  Caminamos hasta nuestros asientos preferidos.

 

- Nunca he sido una de sus favoritas – me dice mirando al cielo a través de la ventanilla.

 

Entiendo a que se refiere.  El cielo nunca la ha deseado y el infierno es lo único que conoce.

 

- Si quieres escuchamos música  – le propongo

 

Acepta con una sonrisa.  Sabe que la conozco y que hoy no es un buen día para conversar.  Me entrega un auricular.  Se instala el otro en su oído derecho antes de encender su juguete y seleccionar un album de Portishead.

Acomoda su cabeza sobre la ventanilla.  Sé que quiere hacerlo sobre mi hombro pero en nuestro caso el amor es un pecado.

 

Miro sus piernas.  Están forradas por ese pantalón que me enloquece y que decidió vestir el día equivocado.  Recuerdo la última vez que estuvimos juntos y se me sube la desesperación.

 

- Tenemos que hablar, extraño –

 

La frase la recibo como una sentencia de muerte.  Pierdo la inoportuna erección que sus muslos me generaron.

No sé que demonios ronda por su cabeza pero seguro no es nada bueno.  Querrá mandarme a la mierda.  Lo ha hecho ya varias veces pero nuestras almas están conectadas por un poderoso resorte, mientras mas intenten alejarse con mas potencia se vuelven a atraer.

 

- Qué sucede?

- No quiero hacerlo acá, esta tarde hablamos.

 

Recuesta nuevamente su cabeza contra la ventanilla.  Siento que un agujero negro se traga mi alma dejándome tan vacío como mis bolsillos.  Cierro mis ojos.  La chica de Portishead no me ayuda “Never found our way / Regardless of what they say”.

 

¿Cómo puede un ángel romper mi corazón?

Pequeño Bastardo (1)

10 de agosto de 2010 por mutantesenlatados

Cuando tienes un apartamento tan pequeño los aromas se tropiezan sin dificultad. El olor de mi húmeda toalla y la fetidez que desprenden los platos de noches pesadas me recuerdan que la hora de hacer limpieza ha llegado.

Empiezo por mí. Abro la llave de la derecha y dejo que el agua hirviente cocine mi espalda mientras mi cabeza se ocupa de la chica que tiene mi corazón entre sus dientes. Para darte cuenta de que todo estaba bien solo necesitas que una chica cruel se apropie de tu mente y te la devuelva tan solo de vez en cuando.

Me tomo mi tiempo, dejo que el húmedo vapor me asfixie un tanto y se apodere de cada grieta. Cierro la llave. Pienso en tomar mi toalla pero su olor me invita a permanecer mojado. Me paro frente al espejo empañado y escribo su nombre. ELANTRA. Tiene mi corazón entre sus dientes y una mordida suya bastará para matarme.

Intento encontrar mi rostro detrás de su nombre pero el turbio espejo tan solo me permite imaginarlo. Me retiro, desnudo y mojado, a buscar lo que no se me ha perdido.

La voz que rebota contra las paredes es la de un demente de apellido Cooper. Usa nombre de mujer y le canta a un ser peligroso. Su musa bien podría ser la mía, una chica con mirada de hielo y labios venenosos. Le subo al volumen y me dejo caer en el blando colchón. Miro hacia el techo y ruego porque la cuerda que me ata a su alma nunca se rompa pero Elantra está programada para romperlo todo.

La conocí por accidente. No es una bonita manera de decir que se cruzó por azar en mi camino. Nos conocimos el día en el que mi Ford Tudor quedó tan destrozado como mi pierna izquierda al darse de frente contra su auto.

Sucedió hace dos años. Un tipo gordo con bata blanca que se sacaba el índice de su nariz fue la imagen de bienvenida a un hospital barato con olor a orines de anciano. Dude un instante. El tipo tenía mas pinta de carnicero que de cirujano pero una carnicería jamás se vería tan repugnante.

- ¿Qué sucedió con la chica? – fueron las primeras palabras que salieron de mis resecos labios.

- Pregúntele usted mismo – me dijo el cerdo con esa estúpida sonrisa que jamás se borrará de mi mente

Allí estaba, recostada contra la pared, mirándome de aquella manera. No era lástima ni simpatía sino mas bien cierta curiosidad.

De eso hace ya dos años. De eso hace ya mil orgasmos. Esos ojos me dijeron que iba a quedar vuelto mierda pero seguí adelante. Me lancé al vacío y en una caída libre no hay opción de retroceder. La gravedad no entiende de “marchas atrás” ni de “recomponer el rumbo”.

- Si va a destrozar un Ford Tudor no puede darse el lujo de sobrevivir – fue su saludo
- ¿Está insinuando que lo hice a próposito?

….